Alemania

Por Dianeth Pérez Arreola

Todos los veranos mis padres venían a Holanda, buscábamos un destino nuevo y los seis nos lanzábamos a la aventura, pero este por supuesto ha sido diferente. Primero el plan era pasarlo en México, luego llegó el coronavirus y decidimos quedarnos aquí. Después las medidas se relajaron, se abrieron las fronteras y decidimos pasar unos días en nuestro vecino del Este, Alemania, país más seguro respecto al Covid 19 que nuestro vecino del Oeste, Bélgica.

Decidimos ir a conocer lugares nuevos para no perder la costumbre, y nos fuimos a Bonn y a Diemelsee. Bonn es la ciudad natal de Beethoven, su presencia está en cada rincón de esa bonita ciudad. Lo digo literalmente: todo hotel, restaurante y tienda que se respete tiene una pequeña estatua del genio de la música, casi siempre en color dorado y portando una mascarilla triple capa, para no olvidar los tiempos extraños que estamos viviendo.

No puede faltar una visita a su casa, uno de los principales atractivos de la ciudad. No tiene mobiliario, pero tiene algunos de los que fueron sus instrumentos: un piano, un órgano, violines, cellos, pinturas, varios aparatos rudimentarios para la sordera y por supuesto partituras. Como pianista aficionada, ver el piano de este genio me dejó embelesada. Pensar que él estuvo sentado ahí y que de ese instrumento salieron algunas de sus grandes obras produce el irresistible deseo de acariciar las teclas, como si el talento se transmitiera tan fácil como el coronavirus, pero para no caer en la tentación está instalado junto al piano un fiero guardia.

Luego fuimos al castillo Drachenburg, un palacete construido a finales del siglo diecinueve en lo alto de una montaña con vistas al río Rin y a la ciudad de Konigswinter, desde donde llegamos en un antiguo tranvía color verde con pisos de madera. El castillo no es muy grande pero su arquitectura, la decoración de sus habitaciones y las vistas son impresionantes. Inmortalizado en un vitral, encontramos a Rembrandt junto al escudo de la ciudad de Leiden.

Finalmente, Diemelsee es una pequeña comunidad que rodea un lago en una región boscosa del centro de Alemania. De la autopista los caminos se van haciendo más angostos hasta que queda un ancho carril de doble sentido que serpentea entre pinos y pequeños pueblos de casas blancas. El agua del lago estaba muy fría pero poco a poco y dando gritos nos metíamos hasta que ya no sentíamos frío y nadábamos hasta que las niñas decidían que ya era hora de pasar al agua más transparente y cálida de la alberca.

El lago es una reserva de agua del río Diemel de apenas poco más de un kilómetro cuadrado. Hay muchos campamentos alrededor y unos pocos muelles con embarcaciones muy pequeñas. Al segundo día descubrimos un lugar de renta de botes eléctricos y pudimos darle la vuelta al lago y ver pescadores, kayaks, bañistas y grandes extensiones de naturaleza inalterada, verde y frondosa que nos aísla de la civilización y nos mantiene a salvo del implacable avance del calendario y de la atmósfera de nostalgia que respiramos en Holanda.