Alejarse de la imagen

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Habiendo tanto en el mundo, en momentos permitimos que nos sigan molestando las mismas moscas. Tanto pasa por mi mente, por mi cabeza, por el día, por el mundo y yo enfadada, enfadada porque a alguien así se lo he permitido; le he dejado que se llevara mi calma, calma que me es tan difícil de adquirir y cuando por fin la consigo la aprisiono de un abrazo, cual si fuera un globo escapista que en cualquier momento saldrá botado en libertad o en un solo estruendo terminara por desaparecer. Pero yo lo permito, soy la que cede ante la tinta de ese pulpo para ver sus colores manchando mi lienzo, a mí es a la que le derrumban las paredes de papel arroz, yo más culpable que todos, pero no hablaré de la culpa, hablaré de las cosas que suceden, cuando creo estar, pero no estoy.

Hay cosas que llegan muy fuerte, como esa ola de agua que en su tranquilidad entra hasta el último rincón de la casa dejando todo destruido, ferozmente y en silencio; mis libretas ilegibles, mis muebles empapados, la madera hinchada, mi ropa teñida de lodo y yo esperando la explicación, la explicación que no tengo, con estos ojos que últimamente no ven más lejos que mi propia nariz.  Y sufro, sufro de esa ceguera emocional y eso a veces me devasta, no veo venir lo que se está formando delante de mí, no logro ver la totalidad del otro, uso de lente a mis emociones, a todo aquello que yo he adjuntado con el tiempo sobre el conocimiento del otro y me ha cobrado un gran precio, el precio de no saber nada quizá de nadie. Y espero desde la imaginación, planeo desde el suponer, pero en un mundo donde siquiera el “Yo” es dominado, que se puede esperar del “nosotros”, solo más de lo mismo, más hojas coloreadas con el mismo color.

No estoy sola, no, pero sí tengo que comenzar a ver al otro más libre, libre de mí, libre de todos los colguijes que les quiero colocar, libre en el mundo, en su hábitat, sin corona, sin deber, verlo ser y aprenderlo así amar; amar sin mis palabras a su alrededor o bien aborrecerlo, por las mismas razones. Sacarme de la ecuación me es difícil, porque es primero encontrarme y ubicarme como un símbolo que lo altera todo y después de ello, en una sencilla ecuación ya resuelta, aprender, querer y saber salir de ello.

Como una planta, cortando raíces que yo misma puse a remojar, no me son necesarias, eso lo sé ahora y cada “ahora” va cambiando a la par con el concepto de todo lo que voy ignorando. Ahora bien, esta planta no siempre florece, pero sabes que está viva, sobreviven todas las estaciones, sol y sombra, abundancia y sequía. Puede sola, nació sola, necia sola; en una maceta plástica, donde se drena el exceso, donde ya ha perdido cualquier miedo o problema con no salir del corredor.