Aleatorios dilemas austerianos

Por Daniel Salinas Basave

De pronto, en una novela encuentras la frase exacta, el párrafo capaz de sintetizar aquello que revolotea en tu cabeza como un abejorro. Esa idea pertinaz y obsesiva, ese concepto acechante que esta mañana me asaltó mientras viajaba en un taxi.

No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo, sino muchos mundos y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo.

No fue Carlos Casteneda ni fue The Matrix. Tampoco fue Borges. Tampoco fui yo. Lo escribió Paul Auster y está en la página 83 de Un hombre en la oscuridad. Paul Auster es ya una marca en mi vida. Irremediablemente, cual si se tratara de un designio superior a la propia voluntad, uno regresa a ciertos autores como un venado a su abrevadero. Paul Auster es de esos narradores de cuya pluma debo abrevar cada cierto tiempo.

Cuando uno pasa de la sorpresa y el descubrimiento a la familiarización con cierto autor, el fenómeno de la lectura comienza a adquirir nuevos códigos.
Pareciera como si escritor y lector practicaran una suerte de guiños cómplices y acabaran por gastarse esas bromas silenciosas que sólo los antiguos amantes comprenden.

Cada uno de sus libros han sido palabras mayores, viajes alucinantes a mi interior. Un autor con el que tengo una conexión que pocas veces logro. Esa dosis de magia, esa atmósfera misteriosa e inexplicable que va más allá de las letras. Paul Auster toca una fibra. Releo Diario de Invierno y me sumerjo en la inevitable aleatoriedad austeriana, atravesando  el humanísimo e inevitable dilema del paso del tiempo y la entrada a la madurez. Auster va entrando en el Invierno de su vida y desde su invernal edad reflexiona sobre aquello que cree haber vivido. Sí, en toda novela hay una dosis autobiográfica, pero en toda autobiografía, por honesta que sea, hay una dosis de ficción, porque la vida nunca ha sido exactamente lo que crees recordar, sino la novela que has hecho de ella.

Desde que comencé con El País de las Últimas Cosas en 2002, hasta La llama Inmortal de Stephen Crane en 2021 Paul Auster se ha vuelto mi compañero inseparable. A estas alturas, ya puedo afirmar que el de Brooklyn es uno de los narradores-tatuaje en mi vida. Si un día me encuentras por la calle, hay altas probabilidades de encontrarme con un libro de Auster en la mano.

Leo a Auster. Me acompaña el ritual de un Sol ocultándose tras las Islas Coronado, un océano al acecho, un presagio omnipresente. Me sumerjo en Diario de Invierno con la certeza de haber pasado ya la frontera de la mitad de la existencia. La vida que se va, la vida que se acaba, el reloj de arena consumiéndose como la luz derretida en las aguas del Pacífico. El tiempo se acaba y solo resta escribir, aferrarse al compulsivo desparrame de letras como única tabla de salvación en este inevitable naufragio.