Aleatoriedad vs Destino

Por Daniel Salinas Basave

Al final el gran dilema tiene que ver con la guerra a muerte entre aleatoriedad y destino. El capricho del caos puro o el destino inquebrantable de una deidad inflexible.

Los griegos lo tuvieron claro: nacemos marcados por la fatalidad. Algún dios cruel nos traza el camino y nuestras rebeliones apóstatas serán inútiles. Aún nuestras rebeldes salidas por la tangente y nuestros golpes de timón formarán parte de lo irrenunciable del destino. Hagas lo que hagas no podrás escapar a tu sentencia.

Por revelación del oráculo, el dramaturgo Esquilo, uno de los padres de la tragedia griega, sabe que morirá cuando un objeto contundente caiga sobre su cabeza. Sin duda imagina una viga o la piedra de un muro, la columna de un templo o el techo de una vivienda y ante tal certidumbre, se exilia a vivir a una llanura, un descampado absoluto donde el único techo posible es el cielo, sin contar con el quebrantahuesos que dejará caer una tortuga al vacío, con tan mala fortuna que se estrellará contra su cabeza.

El ave rapaz podría ser la máxima expresión del caos absurdo o la quirúrgica divinidad del destino, la precisión de relojero de la que hacen alarde algunos dioses a la hora de matarnos ¿How the gods kill? Arrojando tortugas desde el cielo.

“Los caminos de dios son perfectos” es una frase que los cristianos y las cofradías más cursis del Facebook machacan con obsesiva frecuencia. Su dios tiene trazado en plan perfecto para ti y cada milímetro recorrido en tu camino de vida ha sido trazado con enfermiza precisión. Hagas lo que hagas, no podrás escapar a ese accidente o a esa enfermedad, porque forma parte de los planes de ese diosecillo tan molestón y desocupado.

Si nuestro destino ya ha sido trazado por un cartógrafo, entonces la fecha de nuestra muerte ya está marcada y cada errático paso que demos estará determinado por una ley divina. Es como si alguien hubiera escrito con anterioridad nuestra biografía y a nosotros solo nos correspondiera actuarla.

La idea del destino trazado raya en la grandilocuencia, mientras que admitir la supremacía de azar implica aceptar nuestra condición de polvo en el viento.

Apóstata como soy, prefiero creer en la divinidad del caos. La pureza del absurdo yace en su ceguera absoluta. El caos no tiene planes, ni categorías morales ni juicios de valor. Todos somos hijos del azar y el azar es un artista.

Al final, la vena politeísta me obliga a elevar a la aleatoriedad a la categoría de deidad. Inventar un dios de las más improbables casualidades. No es un Zeus celoso e inflexible o un Jehová iracundo aferrado a hacer cumplir al pie de la letra sus profecías.

Prefiero imaginarlo como un diablejo o un gnomo borracho, una bruja impertinente y dicharachera, rigurosamente ciega, drogada y dueña de un involuntario y negrísimo sentido del humor. Esta deidad briaga e invidente da tumbos contra las paredes mientras aprieta botones y jala palancas. Sus tiempos son perfectos porque son caóticos y nosotros somos sus amados hijos.