Al que quiera carro, que le cueste

Por Jorge Alberto Gutiérrez*

En nuestro Estado fronterizo, el auto es de primera necesidad. Nuestras ciudades son demasiado extensas y dispersas por lo que las fuentes de empleo normalmente están lejos de donde vivimos. El transporte público es de los más caros y malos de Latinoamérica y para muchos no es una opción de largo plazo sobre todo cuando lo comparamos con el costo de obtener un auto barato y operarlo con gasolina subsidiada, autoridad vial ausente, estacionamiento gratuito o muy barato y relativamente abundante. Súmale a todo esto que las autoridades encargadas de regular a los autos chocolate e irregulares son bastante laxas ante esta ilegalidad, por razones primordialmente político-electorales ya que nuestro Estado tiene elecciones cuatro de cada seis años. ¿Quién sería el atrevido que ponga orden y pague el precio político de retirar a los autos irregulares? Se antoja que ningún político o funcionario en su sano juicio le entraría de lleno a este tema.

 

Sin embargo, cuando analizamos los costos que terminamos todos pagando al permitir que nuestras calles estén “retacadas” de autos ilegales, irregulares, en malas condiciones, contaminantes, ocupando el escaso espacio de las calles además de estar operados en muchas ocasiones por choferes anónimos que están consumiendo grandes cantidades de combustible históricamente subsidiado, podríamos entender que solucionar las necesidades de movilidad urbana debería ser un asunto bien analizado, muy discutido y mejor planteado ante un futuro complicado, donde es obvio que ya no podemos continuar haciendo lo mismo que hemos hecho en nuestras ciudades durante las últimas décadas.

Es urgente iniciar a pensar en una mejor solución de movilidad urbana si queremos que la situación no se vuelva más caótica donde nuestras calles y avenidas se conviertan en grandes ríos de inmóviles automóviles. De por si, en Tijuana ya sufrimos de atorones y embotellamientos en horas pico en algunos puntos de la ciudad.

Hay que romper paradigmas y cambiar modelos de desarrollo de ciudad; hay que caminar y pedalear más, tenemos que conectar la ciudad a través de corredores verdes sin autos donde peatones y ciclistas puedan andar para promover viajes no motorizados. Como ya lo sabemos en Tijuana, no basta construir ciclovías para que la gente las utilice. Hay que promover el transporte público de calidad con servicio rápido, frecuente y directo con estaciones y paraderos que permitan caminar hacia la casa, escuela o trabajo.

Tenemos que planificar para usos mixtos con un balance entre vivienda, comercio, parques, espacio público y servicios. Hay que hacer coincidir la densidad poblacional con el sistema de transporte público para lograr compactar la ciudad localizando vivienda cercana a los centros de trabajo y por último incrementar la movilidad reduciendo el estacionamiento, cobrando el que está disponible y regulando el uso de la calle imponiendo cuotas por uso del automóvil e impuestos, en lugar de subsidios, a la compra de gasolina.

Es una lástima que haya desaparecido el impuesto conocido como “tenencia”, ya que este monto recaudado anualmente podría haber sido aplicado de manera inteligente en un fondo que promueva la movilidad sustentable imponiéndole a su vez un costo adicional a quien tenga automóvil.

Quizá esto que estás leyendo lo entiendas como una utopía muy lejana y ajena a nuestra ciudad. Pero si no iniciamos ahora a discutir y pensar en la movilidad, en escasos 10 años me entenderás.