Al agua puerca por una moneda

Por Daniel Salinas Basave

Deambulan por la zona vieja del puerto de Veracruz, a unos metros del café de la Parroquia. En sus pieles yace la huella de mil y un soles asesinos y los estragos de una vida náufraga y teporocha consagrada a desafiar la hostilidad de la calle. Cuatro o cinco de ellos me rodean cuando me acerco a tomar una foto de los barcos y me piden que arroje una moneda de diez pesos al mar. Les pregunto si acaso es un ritual de buena suerte y me responden que sí, que sin duda me irá de maravilla, sobre todo si son varias las monedas ofrendadas al Golfo de México. Arrojo los diez pesos al mar y antes de que la moneda caiga en el agua tres de ellos se han tirado un clavado. No han pasado ni siquiera cuatro segundos cuando el triunfador sale a la superficie con la moneda en la mano y me pide que arroje más.

En lugar de simplemente extender la mano para pedir limosna, estos jarochos ofrecen a cambio de tus diez pesos el espectáculo de su habilidad como clavadistas y nadadores. Hay un millón de formas de pelear por una moneda y hoy en día esa pelea es cada vez más encarnizada. Somos animales en un ecosistema hostil y cambiante, bestias acorraladas partiéndose el alma por sobrevivir. Ellos se arrojan a las sucias aguas de un puerto y otros nos arrojamos sobre premios literarios. Al final de cuentas somos idénticos.

Pienso en ellos esta mañana  luego de interrumpir la perorata autómata de un robot bancario que llama para ofrecerme una nueva tarjeta de crédito mientras borro 20 correos con ofertas de viajes, hoteles o nuevos planes para el celular sin dejar de sentir esa lacerante inquietud cuando encuentro en mi bandeja un mensaje que dice “se le invita a cumplir con sus obligaciones fiscales”.

Recuerdo por un momento a los mil y un dealers y puchadores que me ofrecieron su carta de drogas en Playa del Carmen; a la cofradía de viene-vienes del Pabellón Rosarito; a la niña que se desvive por empacar tu compra en el Oxxo; al empleado de la gasolinera que limpia el parabrisas en tiempo record y a la cajera del supermercado contando los pesos y dólares que nunca ganará. Podría decir que en los audífonos suena Money de Pink Floyd y evocar los años esclavos de mi juventud en que accedí a asfixiarme con una corbata a cambio de un sueldo semanal.

Pienso en esos pobres veinteañeros condenados a trabajar en los campos de concentración modernos llamados call center, sin posibilidad de levantarse ni al baño, con supervisores que monitorean y espían sus tiempos, sus llamadas, su tono de voz. Esos jóvenes tan llenos de energía y creatividad resignados a que su mayor aspiración sea aparecer en el cuadro de empleado del mes de McDonald’s.

Todos esos ejecutivos de ventas eternamente presionados, chantajeados, amenazados con el despido entre peroratas de superación personal. Éramos esclavos, luego siervos, después obreros y muy pronto prescindibles. Esas cosas me da por pensar cuando celebramos el  Día del Trabajo.