Ajuste de cuentas con el periodismo

Por Daniel Salinas Basave
Hace un mes salió a la venta mi novela Vientos de Santa Ana y en las últimas semanas he podido charlar con no pocos colegas de diversos medios del país que han tenido la generosidad de reseñarla. Una pregunta infaltable ha sido sobre cómo he vivido el cruce del umbral del periodismo a la literatura. Mi respuesta es que yo soy un lector que se ha ganado la vida como reportero. Todo lo demás ha llegado por añadidura, casi como consecuencia lógica e inevitable.

Lector he sido toda la vida y hasta ahora esa ha sido mi única constante. Soy y he sido siempre una suerte de teporocho de la lectura y quizá por eso mismo desde muy pequeño he tenido inclinaciones y deslices escriturales. Crecí en una montaña de libros bajo la cual había una casa. Hasta la temprana juventud mi camino de vida era el de todo joven escritor en México. Iba a talleres y publicaba en donde me lo permitieran. Mis primeros textos literarios publicados se remontan a 1992, exabruptos abortivos a los que me atrevía a llamar poemas, una suerte de death metal literario.

Cuando iba al taller de Rafael Ramírez Heredia en 1997, avanzaba viento en popa con una novela hasta que se me atravesó el periodismo y todo se fue al diablo. Empecé a trabajar en El Norte y aquello fue como probar una droga dura. Desgastante, asesina, martirizante pero muy adictiva. Le agarré saborcito a la reporteada y a sus jornadas matadoras.

En 1999 me invitaron a fundar un nuevo periódico en Tijuana. Fue una experiencia intensa de mil y un insomnios. La vida empezó a correr con prisa. Dos años después estaba reporteando desde los escombros de las Torres Gemelas en la Zona Cero. Para entonces había hecho ya varias coberturas importantes, firmaba notas duras en portada y estaba volcado en cuerpo y alma en el periodismo, aunque siempre con un libro bajo el brazo.

En ese entonces mi deseo era ser un corresponsal de guerra, un explorador del infierno. Después de Nueva York siguió Hank y luego la era más sangrienta y violenta de la historia de Tijuana. Mientras los escritores de mi generación conseguían sus primeras becas, ganaban sus primeros premios y publicaban sus primeros libros, yo estaba reporteando 14  horas al día. Nunca tuve una beca de joven y desde 1997 hasta 2009 no publiqué nada que no fueran notas, reportajes, crónicas y columnas en papel periódico.

Al periodismo le debo mucho. Fue mi mejor universidad para contar historias, mi mejor doctorado en escritura creativa, pero fue también mi peor enemigo y necesité dejarlo atrás para poder empezar a escribir en serio. Quizá por eso le guardo rencor, porque a veces pienso que el periodismo me robó década y media de mi vida, que solo hasta que volví a la literatura volví a ser yo mismo y a vivir en plenitud. Con el oficio estoy en deuda pero también tengo mucho que reclamarle. Vientos de Santa Ana y los cuentos de Dispárenme como a Blancornelas son mis ajustes de cuentas.