Agudeza

Por Ana Celia Pérez Jiménez

La miseria te tragara, ¡te lo digo yo!, te dejara corto, te dejara indefinido, escondido; como un papel amarillento y sucio, que nadie siquiera se atrevería a desdoblar, por la curiosidad de lo que tenga por allí dentro. Todos olvidan, pero contigo se confirma, no hay tesis o duda; eres violento en silencio, ¡dichosos los que tragan de ti un momento!, pero más afortunados aquellos que salen sin lesiones de tus encuentros. Nadie sabe tu nombre, dicen que fuiste abandonado, ser sin cuna, ser sin arrullo, ser sin apego y con cinco palabras por adelantado, nunca debiendo nada a nadie. Eres maldito por gusto, ¡esa parte del diccionario te la grabaste!, como también la forma y manera de a cada uno encontrarle, en los minutos más imprecisos, en las curvas donde nadie está preparado.

La costumbre me hace pensarte, mi razón lo cuestiona, mi terapeuta calla, pero mientras yo, siempre yo sigo pagando. Hay seres y cosas para todo, incluso el otro día descubrí un artefacto que es meramente para moler ajo ¡vaya cosa!, ¡vaya mercado!, ¡que el inventor merece el Nobel! Y en un mundo así de sencillo y mediocre, entiendo todo, incluso tu motivo, tu cinismo y tu destino que tanto culpo y nunca suelto, entiendo los motivos de cosas como tú; lo dejare tan vago para no entrar en explicaciones que solo me drenarían y eso te pondría tan contento, pero no estoy complacencias.

Sera que para el frío los guantes, para la sed el vino y para los malos entendidos el juicio inmediato. Nada es lo que debería, pero en ese deber queda un universo profundo sin ser explorado, donde todo quizás pasa y nadie sabe nada, donde todo vendría a tener un sentido y lógica y uno entre semáforo y semáforo contado el tiempo, cuando todo podría ser repetido como en un cambio de hoja. Qué bonito sería todo eso y en todo eso de lo bonito meterte a ti y que te vayas así lejos, como en un globo o en algo así parecido y mágico, como de esos finales de los cuentos, que se despiden jubilosos desde las alturas, sabiendo que van a su verdadero destino y no volverán y todos felices, nadie cuestiona o habla del futuro, esperando que la palabra final cierre la escena. Pero me lamento, me lamento tanto del destino, el tuyo, el mío y para no irme lejos el de todos, porque nadie merecía esto, yo menos que tú y tú quizá menos que ellos, pero yo voy primero, ¡en esto sí voy primero!, pero nadie nunca libre de culpa, esa dicen que nacemos con ella, pero a decir verdad no lo creo.

Estamos en este mundo un tanto atrapados, un tanto muriendo, la diferencia es que unos lo saben y los otros también no lo ignoran. Pero qué divino es no saber del resto, suficiente contigo, el problema de uno, el apestado, el que todos ignoran y todos conocen; al que todos devoran cuando tienen hambre y luego se quejan, como amantes de sus propios ruidos. No hay motivo, ni excepción, no por darme cuenta, contengo la razón.