Afuera yace el Apocalipsis 

Por Daniel Salinas Basave

Afuera del supermercado se ha instalado el módulo de una funeraria y una mujer reparte folletos con los diferentes paquetes disponibles. Sabe que por pura ley de la probabilidad y la estadística, somos muchos los que podemos llegar a requerir sus servicios en estos días. La muerte parece traer una parranda de aquellas a nuestro alrededor.

La consigna parece ser sencilla: no hay jornada sin obituario. Abrir las redes sociales significa enterarse de la noticia de un fallecimiento. El coronavirus hace de las suyas, pero las muertes por las causas habituales -cánceres, infartos, enfermedades crónico degenerativas o accidentes- también parecen estar a la alza. Claro, ello sin contar la habitualmente elevada cuota cobrada por la narcoviolencia que simplemente no para ni da tregua.

Nuestro hogar se transforma un frágil nido en medio del gran caos. Paredes afuera yace el Apocalipsis y sus jinetes. La peste covideña, la narcoguerra, la hambruna de los millones de nuevos pobres vomitados por los negocios en quiebra. Muerte reptante, muerte sin fin.

Nada nuevo bajo el sol en cualquier caso. Si omitiéramos los juguetitos digitales y otras comodidades burguesas, en el fondo los horrores vividos en la Tijuana del 2020 no resultan ser tan diferentes de los padecidos por un campesino toscano de 1349. Al final del día tenemos a unos frágiles homo sapiens temiendo siempre por su vida y su seguridad.

El hombre medieval vivía aterrado por las invasiones de tártaros, vikingos o mongoles, por las absurdas guerras de su señor feudal o las rocambolescas políticas fiscales que cada día parecían tornarse más voraces y persecutorias, tal como ocurre en el México del 20.

Puertas adentro, prendidos a nuestros alephs digitales, somos bombardeados por las noticias de un mundo que parece despeñarse al fondo de un precipicio. El contador de homicidios, el contador de defunciones por Covid-19, los negrísimos augurios, los profetas del desastre y la intuición con cara de certeza de no haber llegado aún al fondo del pozo. El infierno siempre está a unos pasos, a un costado de nosotros o incrustado en nuestro interior.

La muerte sigue siendo el gran acontecimiento, la tragedia por excelencia. La diferencia es que hoy la danza macabra es un tanto más descarada. La guadaña y el negro manto emergen pronto, en el lugar más improbable.

Acaso la sombra se está posando sobre mí y soy el último en enterarme. Puede ocurrir en cualquier momento. Tal vez el verde virus ya ha inoculado en mi interior y mi condena a muerte ha sido firmada por una hipotética deidad o por una aleatoriedad pasada de caprichosa. Imposible saberlo.

Con nuestro teléfono inteligente en la mano, nuestra tarjeta de crédito y nuestro seguro médico creemos dar pasos sobre un piso firme, sin reparar en que para nuestros bisnietos resultaremos infinitamente más anacrónicos y lejanos de lo que a nosotros nos resultan nuestros bisabuelos. Para los jóvenes que poblarán la Tierra dentro de cien años, los humanos de la era del Covid resultarán tan lejanos y salvajes como a nosotros nos parece un Neandertal.

Si yo llego a tener un bisnieto o un tataranieto, lo más probable es que es que apenas tendrá una vaga referencia sobre mi nombre y me verá como una suerte de cavernícola que intentaba sobrevivir con sus limitadas herramientas en un mundo donde un bicho nos tenía aterrorizados.