Aferres y nostalgias de felino

Por Daniel Salinas Basave

El sábado 13 de julio de 1974, Tigres de la UANL debutó en la primera división. No fue por cierto cualquier juego. La bienvenida al máximo circuito la dio el celoso vecino, los rayaditos de Monterrey, que miraban con desprecio al trepador benjamín que había llegado para arrebatarles reflectores y afición. El primer gol de la historia Tigre en primera división lo anotó Juanito Ugalde. El partido acabó empatado 3-3. Una guerra civil había escrito su primer capítulo. Yo tenía entonces 82 días de nacido. Esta tarde se jugará el clásico 114 y es el que abre la Gran Final del futbol mexicano. El duelo 115 se jugará el domingo y definirá todo. Nunca el derby regio había alcanzado semejante altura. Decir histórico es quedarse muy corto.

Si no has vivido el clásico regio no puedes dimensionarlo ni entenderlo. En Nuevo León se ha jugado siempre una liga aparte, un partido entre paréntesis, un duelo fuera del mundo donde nada más importa. Parte de la esencia de ser regiomontano es asumir que en tu familia, en tu salón de clases, en tu grupo de amigos y en tu lugar de trabajo habrá siempre seguidores de Tigres y de Rayados. Aprendes a pelear, a discutir, a echar carrilla norteña, a tragar sopas de agua y ajo. Durante la segunda mitad de los años ochenta y durante casi todos los noventa fui cada sábado al futbol. Iba al Uni pero también al Tec. Acudí a decenas de clásicos en donde sufrí y gocé. Estoy tentado a hablar como un viejo y decir que extraño los tiempos en que banderas de ambos colores poblaban todo el estadio y las camisetas se mezclaban. Extraño cuando había porras y no barras y cuando un modesto obrero aún podía pagar una entrada al estadio. Cuando había jugadores nacidos y formados en Nuevo León que habitaban una casa como la tuya y ganaban un sueldo propio de un mortal.

Podría decir que el futbol es cada vez más elitista y excluyente, pero esa etapa ya no la viví, al menos no en mi tierra natal. La última vez que acudí a un clásico en Monterrey fue en marzo de 1999 en San Nicolás. Tigres lo ganó 2-0 (golazo de Joaquín del Olmo). Dos semanas después me marché para siempre a Tijuana. La última vez que acudí a un clásico fue el 14 de enero de 2006, en el estadio del Galaxy de Los Ángeles, final del Interliga. Fue el primer duelo regio jugado fuera de Monterrey. Tigres lo ganó 2-1 y se quedó en el boleto a la Libertadores. Esa tarde en Monterrey murió mi abuelo. Aún no sé si deseo ver la soñada final que se juega esta semana. Aquí no hay hedonismo alguno y ni pizca de relación o disfrute. Más que gozarla voy a sufrirla. Será un ritual de masoquismo puro. Este diciembre estoy blindado contra la ilusión y estoy consciente de que Monterrey es el amplio favorito para ser campeón, pero sé que el Tigre va a afilar las zarpas y si cae, caerá mordiendo fuerte. Algo sabemos mi equipo y yo de morir en la raya.