Abaratar la muerte

Por Daniel Salinas Basave

Sebastián tenía 13 años, estudiaba la secundaria en Mazatlán y soñaba con convertirse en boxeador profesional. Hace unos días, cuando salía del gimnasio, fue asaltado por tres jóvenes. Como no traía dinero que darles y había olvidado su celular, los asaltantes lo acuchillaron hasta matarlo. Hasta ahora no hay un solo detenido por este homicidio. Los familiares y amigos del adolescente se manifiestan y exigen justicia, pero frente a ellos hay un muro de burocrática indiferencia.

Conozco esta historia porque Sebastián era sobrino de mi amigo el escritor Hilario Peña. El crimen se cometió en un barrio mazatleco, pero pudo cometerse en Tijuana, en Rosarito, en Acapulco, en Tampico, en Ciudad Juárez o en muchísimas ciudades mexicanas donde el asesinato forma parte de la vida cotidiana. Hoy todo México es territorio criminal. Tal vez en algunas zonas del país, como nuestra Baja California, el derramamiento de sangre es mucho más alarmante que en otras, pero lo cierto es que hoy ninguna entidad mexicana puede considerarse segura. El asesinato se ha abaratado al máximo y forma a parte de nuestra vida cotidiana.

Lo triste es que aquello que se repite una y otra vez acaba por normalizarse y ser aceptado. La muerte de Sebastián hiere, entristece, pero no sorprende. Es una historia del México de hoy. Los jóvenes que asesinaron a Sebastián, posiblemente también menores de edad, en este momento están libres y seguramente así seguirán. ¿Acaso tienen conciencia de lo que hicieron? ¿Los atormenta algún remordimiento? ¿Dimensionan que apagaron una existencia y destrozaron a una familia? Como no había monedas ni celular para quitarle entonces decidieron quitarle la vida. Pasados algunos días volverán a asaltar y a matar, o a lo mejor ya volvieron a hacerlo. Jóvenes como ellos hay miles en nuestro país. Saben que matar es sencillo y casi nunca tiene consecuencias. En México es muy fácil ser un asesino y jamás pisar la cárcel.

Latinoamérica es hoy en día la región más violenta del mundo, en contraste con Europa, donde se han alcanzado las cifras más bajas de homicidios en toda la historia de la humanidad. En Europa se puede morir asesinado por un terrorista islámico cuando se camina por la Rambla de Barcelona o el malecón de Marsella, pero la probabilidad de que un adolescente mate a otro en un asalto es ínfima. Hay países donde se cometen uno o dos asesinatos al año, cuando en Tijuana se cometen cinco diarios. En Estados Unidos siempre está latente la posibilidad de que un joven sea asesinado en su escuela cuando algún perturbado compañero dispare al azar su arma de alto poder, y aunque hay ciudades con cifras criminales alarmantes, como Baltimore u Oakland, lo cierto es que están lejos de vivir el horror de tantísimas urbes latinoamericanas. En México, Venezuela, Brasil, Honduras, El Salvador o Guatemala, hay un imparable derramamiento de sangre entre los jóvenes.

Muchos crímenes son achacados a la narcoviolencia, pero otros tantos tienen que ver con robos miserables o pleitos  pandilleriles. Mi única certidumbre mientras esto escribo, es que este día, o mañana, varias personas van a morir asesinadas en la ciudad donde vivo y no va a pasar absolutamente nada. La muerte está muy barata hoy en día.