A la mitad del camino de nuestra vida

Por Daniel Salinas Basave

Mucho se ha debatido sobre el primer verso de la Divina Comedia. ¿Cuál es la mitad del camino de nuestra vida? En alguna edición comentada leí que Dante se refiere a los 35 años de edad como la mitad del camino, tomando en cuenta los 70 años como un periodo promedio de vida, a mi juicio demasiado alto para los siglos XIII y XIV en que vivió el poeta florentino, quien murió a los 56 años de edad.

En cualquier caso, cada vez medito más sobre este concepto. En toda vida humana hay un día específico que representa exactamente la mitad del sendero. Un día que, obvia decirlo, pasa inadvertido, pero marca el punto medio. En ese momento preciso estás a la misma distancia del día de tu nacimiento que del día de tu muerte. A partir de ese instante, la cuenta regresiva comienza. El día de tu nacimiento está cada vez más lejos y el día de tu muerte se acerca, aunque finjas ignorarlo, aunque vivas como si tu muerte no fuera a tocar nunca tu hombro, el río de tu vida corre y desemboca fatalmente en el abismo. Acaso ese día de la mitad esté por llegar o acaso haya pasado hace mucho y el día del final esté a la vuelta de la esquina.

En mi caso, siempre tiendo a pensar que la mitad del camino de mi vida ya ha pasado hace tiempo. Con una visión del mundo propia de tragedia griega, podemos concluir que en realidad todo cuerpo vivo tiene definida su fecha de caducidad. Si nacemos marcados por un tiránico destino irrenunciable, entonces la fecha de nuestra muerte ha sido de antemano señalada por caprichosas deidades y nada hay que podamos hacer al respecto. Inútiles serán nuestras rebeliones apóstatas, pues hagamos lo que hagamos no podremos escapar al brazo ejecutor de nuestro destino.

Desde el instante de nuestro nacimiento, iniciamos una cuenta regresiva hacia el día de nuestra muerte. Estar vivo significa estar desahuciado. Pese a que la predestinación vive enquistada en nuestras mentes, lo cierto es que prefiero creer en la aleatoriedad y el libre albedrío.

Al momento de publicar esta columna estoy cumpliendo 42 años de vida y he venido con mi familia a celebrarlos a la Riviera Maya. Este es el segundo abril consecutivo que pasamos frente al Caribe y ante semejantes dosis de paraíso y hedonismo lo coherente no es estar pensando en la muerte. Sin embargo la idea del final no me aterra y tampoco la del olvido. Somos efímeros, fugaces destellos de luz, polvo en el viento. Cada instante es improbable e irrepetible. Eso, y no la falsa promesa de eternidad, es lo que hace extraordinaria nuestra vida. Amanece en el Caribe. Mi hijo y mi esposa aún duermen. Si la vida está a la mitad o ha llegado al epílogo no es algo que importe demasiado. La única certidumbre es que ha valido la pena ser vivida tal como ha sido.

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