20 de agosto

Por Dianeth Pérez Arreola

Por fin dimos el último paso que faltaba: comprar los boletos para México. Al final decidimos que la fecha fuera el 20 de agosto, ya que nuestra hija mayor empieza la secundaria el día 24 y ya que va a cambiar de grado, de país, de idioma y de sistema educativo, era mejor que estuviera ahí desde el principio.

Es el primer boleto que compro sólo de ida y la primera vez en este milenio que volaré a Mexicali y no a San Diego. Las aerolíneas están tan necesitadas de viajeros que el vuelo salió muy barato, y además práctico pues llegamos con seis maletas.

Sigo despidiéndome de mis amigas, a las que echaré mucho de menos y a las que agradezco haberme mantenido cuerda estos años. Hemos compartido risas, lágrimas, comidas, nos hemos cuidado las hijas mutuamente y por supuesto, nos hemos reído de la forma de ser tan cuadrada de nuestros maridos.

Sin duda tener una red de amistades es esencial para quienes vivimos lejos de nuestras familias. Necesitamos quienes nos motiven en momentos de duda, nos abracen en tiempos de tristeza y rían con nosotros porque la vida es bella y lo olvidamos a menudo.

Estos días me he dedicado a escribir mis recetas de cocina en una libretita. No quiero que mi güero regrese a comer arroz blanco y pescado hervido, que era casi lo único que comía cuando lo conocí. Le dejo mis recetas con instrucciones muy detalladas para que su estómago no me extrañe.

También he estado ocupada deshaciéndome de ropa que lleva años olvidada en los cajones. Todo nos debe caber en dos maletas, como cuando me vine a Europa hace 18 años. Igual que entonces, tengo sentimientos encontrados; emoción y tristeza, ilusión y nostalgia, curiosidad y temor.

Pero de temer los cambios he aprendido a disfrutarlos, a apreciar la inquietud que nos trae lo desconocido como una de las sensaciones que más nos hace sentir vivos; justo cuando el carro está a punto de caer desde la cima más alta de la montaña rusa.

Tengo que contarles que por decisión propia he decidido terminar mis columnas. No quiero que me pase como a los boxeadores profesionales, que no saben retirarse a tiempo. Si ya no estoy en Holanda, la lógica me dice que “Desde Holanda” ya no es posible. La última semana de agosto aparecerá mi última colaboración.

No descarto volver a contar historias algún día, le he agarrado el gusto a escribir todos los lunes. Agradezco mucho a quienes a través de estos años se han tomado la molestia de escribirme correos electrónicos. Significan mucho para mí porque no hay otra manera de saber que mis palabras son leídas y disfrutadas.

Me quedan aun cuatro columnas más para contar mis últimos días en Holanda. Me entusiasma el trabajo que me espera en México, docente en la universidad de la que egresé. Es un sentimiento poderoso saber que tengo mi destino en mis propias manos, que yo decido y no las circunstancias.