12:58 PM en mi reloj de mesa

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Todo lo que conocemos del amor es en primera persona; lo leímos, lo observamos o lo vivimos. Se podría decir que todo humano ha tenido contacto con el amor, ha sido afectado por él, de forma directa, indirecta, platónica, imaginaria o quizá en algún sueño, de esos que todavía al despertar añoramos por continuar; pero todos lo hemos sentido de forma consciente o inconsciente.

El amor está en todo, no solo en el mundo de pareja, que es en la forma que más nos lo venden, envasan o idealizan. El amor está presente cuando despertamos con ganas y cuando no lo hacemos, su nivel de apego y balance dicta el clima, el saludo, el tono y hasta la moda; hay amor en cada palabra o bien también en su ausencia.

Existe un culto de aquellos que no lo buscan, pero al así no hacerlo lo vuelven el centro de sus acciones y terminan más siendo, como una oda repetida, predecible y un tanto simpática. El amor no lo menciona así porque si cualquiera, ante todo se le respeta y teme; así como te da el paraíso, puede darte la espalda en un segundo, tu mundo tornar, enfermarte y de allí no salir con vida.

El amor no tienen residencia, ni guarida y pienso que menos nacionalidad, perdería los papeles y cartillas de identificación en un segundo, es olvidadizo y volátil  y como no tiene edad, puede soltarse con un capricho en cualquier segundo u hora.

Y hoy termine hablando de él, porque incluso en un día donde no pasa nada y fue lento cada segundo, lo sentí, lo sentí en todo lo que me mueve sin saberlo, en lo que me dicta para pronunciar algo, en aquello que me brinda una memoria y me promete muchas otras; está ahí cuando me marcho y cuando me quedo, se disfraza de otros nombres, es la forma de entretenernos.

Compartir
Artículo anteriorUn Gobierno austero
Artículo siguienteLa ‘Gran’ Copa Oro