Un caudillo cultural regio-tijuanense

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Por Daniel Salinas Basave

Hay nombres que van encarnados a la historia cultural de una ciudad. Tal es el caso de  Miguel F. Martínez en Tijuana. Nombrarlo significa para miles de tijuanenses evocar los años escolares, las primeras letras, los buenos amigos de infancia y sin duda algunos profesores entrañables. La Escuela Miguel F. Martínez representa la semilla fundacional de la educación en nuestra ciudad. Muchas generaciones de tijuanenses han pasado por sus aulas desde hace más de un siglo.

De acuerdo con el historiador Gabriel Rivera, los orígenes de este ancestral plantel se remontan al año 1900, cuando su nombre era Escuela Nacional 3 y 4. Construida con madera de pino, la primera escuela de la historia de Tijuana se ubicaba antiguamente en la esquina de las calles Primera y Niños Héroes.

De acuerdo con las investigaciones de Gabriel, ya desde 1880 se impartían clases en esas aulas de madera, cuando profesores ambulantes recorrían el Noroeste sobre sus carretas y se instalaban temporalmente en la humilde ranchería que entonces era nuestra ciudad. Sin embargo, fue hace cien años, el 16 de septiembre de 1919, cuando aquella ancestral escuela fue bautizada con el nombre de Miguel F. Martínez por el entonces gobernador del territorio, el polémico Esteban Cantú.

Cinco años después el plantel se mudó a su ubicación actual, entre las calles 5ta y 4ta, entre las avenidas E, hoy llamada Mutualismo y D, bautizada poco después con el mismo nombre de la escuela. Todos los tijuanenses hemos pasado cientos de veces por esa céntrica vialidad, sin embargo no muchos saben quién fue Miguel Filomeno Martínez Pérez. Por fortuna, Gabriel Rivera ha consagrado los últimos años a desentrañar la historia y el legado de este gran caudillo cultural, personaje fundamental en la historia de la educación en México.

El profesor Martínez nació en Monterrey en 1850 y en esa misma ciudad murió el 3 de febrero de 1919. Tengo entendido que nunca puso un pie en el territorio de la Baja California, pero como su nombre está tan entrañablemente unido a la historia de Tijuana, no creo exagerar si afirmo que es un tijuanense honorario y adoptivo. Vaya, yo que soy regiomontano de nacimiento, escucho mucho más el nombre de Miguel F. Martínez en Tijuana de lo que lo escuchaba en Monterrey, donde me parece que no se ha dimensionado su legado.

La posteridad es una dama caprichosa e injusta, pues cuando uno revisa el camino de vida de Miguel F. Martínez, la conclusión es que la historia debería tenerlo en el pedestal donde yacen personajes como Justo Sierra. Vaya, digamos que todos los maestros normalistas de México están en deuda con don Miguel, impulsor de la Ley Reglamentaria de la Escuela Normal para Maestros, aprobada en 1886. Durante los años que radicó en la Ciudad de México, fue nombrado director general de Instrucción Pública de los años de 1901 a 1911, cargo en el que realizó una destacada labor.

Celebro que  Gabriel Rivera sea tan tenaz en su incansable labor por recuperar el legado de este educador. Este viernes se celebrará el centenario de la asignación del nombre de Miguel F. Martínez a la escuela fundacional de Tijuana. Participan en la ceremonia Albero Hernández Silva, bisnieto de Miguel F. Martínez, Héctor Jaime Treviño Villarreal, director del Archivo Histórico del Estado de Nuevo León y la maestra Petra González Rivera, en representación de la Secretaría de Educación Pública de Nuevo León. Como anfitriones fungirán la profesora Guadalupe Silva Flores, actual directora de la escuela Miguel F. Martínez y Genaro Nonaka García, célebre egresado de la generación 1938. Honor a quien honor merece.