Tentar a la canija suerte

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Por Daniel Salinas Basave

Entre los “coaches”, motivadores y personajes similares, la suerte no suele tener los bonos muy altos. Decir “buena suerte” está muy mal visto. Lo correcto es decir “éxito” pues la suerte, en teoría, es para los perdedores. Un conformista le apuesta todo a la aleatoriedad, mientras que un triunfador se encarga de construir todos los días su triunfo. Puede ser que haya una gran parte de verdad en ello, pero la historia se ha encargado de demostrar muchas veces que no siempre gana el mejor o el que se preparó para ganar. El camino al éxito, dicen, es largo, sinuoso y se construye todos los días. Levantarse temprano, renunciar al hedonismo fácil, sacrificar caprichos personales en aras de un éxito mayor suelen ser los secretos de los triunfadores.

De acuerdo, hay muchas más posibilidades de triunfar cuando te has preparado a conciencia para ello, pero al final del camino la suerte suele tener una última palabra que puede dar al traste con todo. ¿Quieres hacer reír a tu dios? Entonces cuéntale tus planes. Tú puedes elaborar una perfecta ruta de navegación para tu existencia, pero en los mares más calmos también suelen brotar monstruos. Muy a menudo la apoteosis o la hecatombe dependen de una mínima variable que puede cambiar de golpe y porrazo el rumbo de una vida. Tres segundos de más o de menos, un giro equivocado, un cruce de miradas pueden definir un destino.

De entrada todos nosotros somos hijos de la aleatoriedad y no de la planeación. Aunque tu concepción haya sido planeada por tus padres, la loca carrera de los espermatozoides te echa en cara lo aleatorio de tu condición, o al menos hasta donde entiendo no hay ganadores predeterminados en esas lides. Ello por no hablar de que la mayoría de los embarazos no suelen ser planeados. Somos hijos del accidente obsesionados en tener control de nuestra vida, pero la vereda existencial suele bifurcar en laberintos en donde además de la suerte influyen las circunstancias. Una época y un lugar determinado tuercen, sepultan o encumbran una carrera.

Los creyentes en la omnipotencia de un destino irrenunciable trazado por dioses caprichosos, dirán que nada podemos hacer para escapar a ese minuto de fortuna o desgracia Hay una voluntad superior que así lo ha definido y nosotros, pobres juguetes de la deidad, debemos resignarnos y someternos a sus designios. En cambio, los defensores de la aleatoriedad dirán que todo es posible en el caos y que si a caprichos vamos, ningún dios iguala a las leyes de la improbabilidad y sus azarosas combinaciones.

Por supuesto, los promotores de la cultura del esfuerzo y la superación dirán que todo en la vida es consecuencia de lo que se hace o deja de hacer. La perseverancia, la tenacidad y la paciencia obtienen su recompensa tras años de abnegación, de la misma forma que la irresponsabilidad, la desidia y el vicio prolongado acaban por cobrar factura irreversible.

Esos mantras suelen ser efectivos en manuales de superación personal. La realidad es que somos hijos del caos, no del orden y casi todo lo que es trascendente o digno de recordarse, ocurre en instantes de lo más fugaces. Todos nosotros somos producto del non plus ultra de lo improbable y aleatorio. Dejemos los debates teológicos para después: la primera gran lotería de nuestra vida es nuestro origen.

 

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