Tan lejos del país de leyes

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Por Daniel Salinas Basave

Más allá de izquierdas y derechas o de chairos y fifís, lo verdaderamente trascendente hoy día es pensar y debatir el modelo de país que queremos. En este México polarizado y enfrascado en su monólogo de sordos, donde pelearse y descalificarse en redes sociales se ha convertido en el deporte nacional, muy pocas veces hay debates de fondo. Todo se reduce a atacar o defender incondicionalmente al presidente sin darnos cuenta que los temas verdaderamente trascendentes raramente se discuten.

El México con el que muchos soñamos es, ante todo, un país de leyes. Se dice fácil, pero la realidad es que los intentos por transformarnos en una nación donde la ley esté por encima del caudillo nos ha costado sangre, sudor y lágrimas. Esa fue la gran lucha de la generación liberal de 1857, tan mentada en estos tiempos en el discurso aunque no en la práctica. El respeto a la ley y su integral aplicación es el rasgo que con mayor claridad distingue a un país civilizado de uno que no lo es.

Los sistemas constitucionales modernos con poderes independientes entre sí y contrapesos institucionales, son una herencia directa del Siglo de las Luces, cuando surgieron grandes pilares de la teoría política contemporánea como El espíritu de las leyes de Montesquieu o El contrato social de Rousseau. El néctar de esas ideas es garantizar al ciudadano su igualdad ante la ley, porque en los sistemas absolutistas del antiguo régimen el capricho de un rey estaba por encima de la voluntad e intereses de miles de ciudadanos. ¿Hemos superado esos vicios? No parece ser. Lo que acaba de suceder en Baja California nos refleja con desparpajo lo lejos, lejísimos que estamos de ser un país de leyes. Ha bastado el capricho y la descarada y enfermiza ambición de un futuro gobernante para convertir la ley en un pedazo de papel higiénico que fue arrojado al inodoro, todo para lograr que Jaime Bonilla sea gobernador por cinco y no por dos años. La abyección y el servilismo de los diputados genera un asco profundo, pero más allá de eso, lo que verdaderamente parece abominable es la forma en que el gobierno entrante manda el mensaje de que aquí solo los chicharrones del mandamás truenan y no hay contrapeso legal que pueda contenerlo.

Ello significa que los bajacalifornianos estamos en estado de indefensión absoluta ante los caprichos de un caudillo. Como punto de partida para iniciar un periodo de gobierno es un pésimo precedente y algo que nos hace albergar los peores pronósticos.  Lo  que ocurrió en Congreso la noche del 8 de julio está viciado de origen. Intenta vestir con una máscara legaloide algo que a todas luces es una aberración jurídica. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ya les dijo dos veces que no, que la ley se tenía que respetar, que el próximo gobernador, sea Bonilla, Óscar Vega o quién usted quiera, va a gobernar de 2019 a 2021. Punto. Jaime Bonilla será un gobernante ilegítimo a partir de 2021. Es aterrador ver cómo en pocos meses los mexicanos estamos retrocediendo a eras de autoritarismo caudillista que creíamos superadas. El país de leyes con el que algunos soñamos está hoy más lejos que nunca.