Soy mujer y he tenido miedo 

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Por Ana Celia Pérez Jiménez

Camino, camino sin ningún rumbo y con toda la dirección, trato de buscar en los rostros de los pasajeros de la noche una señal, algo que me haga sentir entre propios, en lo familiar, una conexión para sentirme a la distancia en compañía; que puedo ser y andar despreocupada, pero en sus ojos encuentro el reflejo de mi propio miedo, la duda del paso en falso, como hormigas malabaristas en un mapa que en cualquier momento puede caer. No sé ya si soy el blanco de alguien, por lo femenino, por mi falta de fuerza, por mi rostro, por mi raza, por estar viviendo; estoy compartiendo el aire con el enemigo, ese que ya ha nacido y por ahí anda, compartiendo el mundo con nosotros, pasando desapercibido, teniendo los dentros tan podridos y uno sin poder distinguir su hedor.

Tengo tiempo que siento ese perfume a miedo, eso que desprende la intimidad de mi piel, el grito de auxilio, la aceleración de mi palpitar al tener que elevar mi ritmo de compas al encontrarme expuesta, entre pavimentos y paredes, entre los desconocidos. No soy una mujer que suele andar con cuidado, me distraen los cantos de las aves, los coches divinos, la melodía de alguna ventana, la simpatía de alguna sonrisa, el aroma de cierta comida, el ruido de copas al chocar, mis pensamientos no paran de parlotear y tengo miedo de tener que enfocarme, en otro, en lo otro, en el otro que quizá me acecha, y que quizá me pueda o quiera lastimar y así perder mi energía y apagar la luz para que no se den cuenta que estoy en casa.

No quiero renunciar a lo placentero de mi vida, de mi bolso, de mi falda, de la ropa de verano, de mi acento marcado, de mis colores típicos; no quiero transformarme en un fantasma de escena, en un intento de sombra citadina, no por lo material sino por lo que todo esto representa. No quiero, pero debo tornar, quiero vivir, quiero regresar cada noche a mi cama, quiero sonreír a solas entre dos banquetas a las doce de la noche y sentir que no pasara nada, quiero vivir el poema que leímos, la escena de los amantes que a oscuras en un bosque se encuentran; pero no por querer sucede y me aterriza la vida, me embarga la pena, soy mujer y tengo una vida, aquella que me puede ser arrebatada, por todos esos ladrones que han olvidado a su madre, abusadores del corazón blando, asesinos de esa mitad que los mantiene vivos.

Tengo miedo, porque cada vez las acciones se han acercado más a la primera persona y el procesador de mi cerebro ha puesto a todos alertas, se rumora que hay letreros y pancartas entre mis costillas y garganta, dando el toque de queda; mis células tararean una canción de guerra. Es que estoy siendo atacada, lastimada, marcada, degradada, aniquilada, en otros cuerpos, en otros rostros, en otras entrañas. Están acabándome por hora, por día, por costumbre, por fuerza, por la fuerza. Y no pasa nada, porque aquí, aquí dicen que nunca pasa nada.

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