Sacar canciones de las piedras

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Por Daniel Salinas Basave

Lo conocí (obvia decir) en Lunas de Octubre. Acaso no podía ser de otra forma. Enrique Servín fue el gran compañero de la luna, el símbolo del otoñal festival de la Finisterra bajacaliforniana. Debe ser el reflejo de la luz lunar en la quietud del Mar de Cortés, la caricia del viento de madrugada en el Malecón o acaso el libre albedrío de la palabra liberada y compartida entre secuaces, pero el festival Lunas de Octubre en La Paz destella un embrujo particular, una atmósfera única que no se vive en otros encuentro literarios. Edmundo Lizardi es el padre del festival y Enrique Servín su corazón irrigador.

Enrique fue un hijo de la sierra chihuahuense que se dejó adoptar por la parte austral de la Península. Fue ahí donde conocí a ese chihuahuense de trato franco y campechano que iba por la vida derrochando erudición como si tal cosa, con una sencillez absolutamente atípica en el gran pantano literario nacional, hablando de lingüística como si contara chistes de cantina. Creo que nunca conocí a alguien cuya estatura intelectual contrastara en tal nivel con la humildad de su trato. Vaya, he conocido no pocas personas que con la décima parte de los conocimientos de Enrique andan por la vida como pavorreales de coctel.

Nadie como él dimensionó la palabra como la semilla fundamental de donde todo brota y nos hizo ver que no es solamente fonema o aleatoriedad sónica sino un espejo emocional, el alma de una cultura. No solo era un políglota, sino un explorador de profundidades y cavidades de los idiomas, un revelador de secretos, alguien que dedicó su vida a desentrañar raíces ocultas y significados. Servín no era un acumulador de conocimientos, sino alguien que nos sumergía en el alma de una cultura. Si Miguel León Portilla nos sumergió en la ontología náhuatl, Servín fue el gran buscador de tesoros de la lengua tarahumara.

Los idiomas no son sistemas paralelos de signos que “reflejen” el mundo; un término nunca es neutral, siempre está imantado de connotaciones de todo tipo, afirmaba. Leo en una entrevista expresiones de Servín que parecen horadar en una herida abierta. “Me obsesionan el desmoronamiento de tantas cosas hermosas que estamos haciendo desaparecer; la terrible desigualdad a la que estamos condenados en un país como México; el racismo; el cáncer de nuestra cultura política. En un sentido contrario, me fascinan los idiomas, las diferencias culturales, ciertas formas de música, algunas formas del amor y, por supuesto, muchas formas de la comida”, expresó Servín.

Ese desmoronamiento acabó por incinerar la vida de Enrique en el hoyo negro del México actual, donde la vida humana vale tan poco, donde el golpe artero de un criminal puede romper una cabeza donde habitaba un universo tan complejo y fascinante, una red neuronal en donde el canto rarámuri metamorfoseaba en saga islandesa o poema tibetano.

Lo vi por última vez la mañana de un domingo en la alberca del hotel Araiza en La Paz, donde yo nadaba con mi esposa Carol e hijo Iker. Enrique se acercó a platicar con nosotros. Hablamos de comida, de Balandra, de las ferias por venir. La vida está llena de últimas veces. Nos quedamos con sus prófugas palabras que navegan a la deriva en Mar del Cortés bajo la luz de la luna de octubre.

Y la emergencia será

enamorarte otra vez de alguien

levantar árboles de la nada

sacar canciones de las piedras

 

ser fuego feroz, quemándote

tú mismo

en el intento.

 

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