¿Qué habría pasado si…?

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Por Daniel Salinas Basave

A menudo cedo a la tentación de imaginar esos limbos literarios, los valles donde moran las obras abortadas, aquellas a las que hizo falta muy poco para materializarse y sin embargo fenecieron.

También me da por imaginar los giros radicales en el canon si se alterara ligeramente el rol social o político que en el imaginario colectivo han jugado determinados escritores. El joven suicida  muere siendo un anciano; la vieja vaca sagrada muere justo a tiempo, antes de oxidarse y corromperse;  el marginal encuentra un mecenas; el eterno malquerido encuentra un amor y se olvida de las letras.

¿Qué habría pasado si en vez de En un lugar de la Mancha leyéramos En un lugar del Anáhuac? En este camino paralelo planteado en Canon del limbo, Miguel de Cervantes consigue la licencia real para ir a vivir a América en 1580 y escribe un Quijote mestizo en la Nueva España. La madre de todas las novelas nace en el México colonial y en su afán por socorrer al débil y deshacer entuertos, Alonso Quijano se convierte en un crítico del sistema virreinal de castas.

Lo mismo sucede con Francisco de Quevedo, a quien también en su momento le negaron la licencia para viajar al Nuevo Mundo, tal como lo hace su Buscón don Pablos al final de la novela. ¿Leeríamos igual a Cervantes y a Quevedo si hubieran escrito desde América y no desde Castilla? ¿Leeríamos igual a Sor Juana si hubiera escrito desde Europa?

En este canon del limbo Pedro Páramo se llama Maurilio Gutiérrez, Comala es Tuxcacuesco y el tío Celerino vive una larga vida y sigue contándole muchas historias a Juan Rulfo, quien se convierte en un prolífico autor que publica un libro por año.

Malcolm Lowry ve arder el manuscrito de Bajo el volcán en su cabaña de la Columbia Británica, pero su esposa Margerie salva las más de 600 páginas de En lastre hacia el mar blanco. El volcán, que bajo la concepción dantesca de su propia obra fungiría como el infierno, se convierte en ceniza, pero en contraparte nace el mar blanco, que Malcolm proyectó como el paraíso.

Roberto Bolaño consigue un trasplante de hígado y diez años después gana el Premio Nóbel, que lo transforma en un déspota canónico apapachado por altos funcionarios y diplomáticos, mientras que Mario Vargas Llosa gana la presidencia de Perú en 1990, pero pocos años después es forzado a renunciar, inmerso en un escándalo de corrupción y se convierte en un prófugo de la justicia.

Jorge Ibargüengoitia llega tarde al vuelo fatal de Avianca, publica su inconclusa Isabel cantaba y antes de un lustro se consagra como el novelista más leído del fin de siglo mexicano por encima de Carlos Fuentes.

Octavio Paz muere en la Guerra Civil española a los 23 años de edad fusilado por un comando falangista y se transforma en símbolo de la izquierda e ídolo de juventudes guerrilleras alrededor del mundo, mientras que Manuel Acuña se casa con Rosario y llega a la senectud como un viejo poeta asiduo a los homenajes.

En su afán de consagrarse con la izquierda, Luis Echeverría rescata a José Revueltas, lo colma de homenajes y lo nombra embajador en algún país europeo donde muere bendecido por el sistema.

¿Imaginan acaso ese mundo al revés?