Por la espiral: Pobreza generacional

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Para la sociedad la pobreza es un flagelo, para la estabilidad de un sistema político una amenaza latente y para la permanencia de un determinado modo de producción el camino hacia su fracaso.

Para un empresario el peor negocio es la pobreza, Carlos Slim Helú, el hombre más rico del mundo tiene décadas insistiendo que los niveles de pobreza en México deben reducir.

Ningún empresario, político, ni luchador social pueden sentirse bien cuando el 45.5% de la población carece de dinero suficiente para comer tres veces al día, pagar una vivienda y enviar a sus hijos a la escuela. En definitiva, no podemos sentirnos tranquilos al respecto, ni como seres humanos, ciudadanos, sociedad civil o parte del gobierno

Aun así México es tierra fértil de oportunidades y mientras unos hacen negocios fructíferos, otros continúan anquilosados en la miseria.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) al cierre de 2012 había en el país 53.3 millones de pobres. Un considerable grupo de la población mexicana con problemas de ingreso, alimentación, salud, seguridad social, rezago educativo y vivienda, entre otros.

A partir de los datos presentados por el Coneval, de 2010 a 2012, los estados con mayor porcentaje de pobres están encabezados por: Chiapas (74.7%); Guerrero (69.7%); Puebla (64.5%); Oaxaca (61.9%); Tlaxcala (57.9%) y Veracruz (52.6%)

Empero, llama poderosamente la atención, que son entidades que llevan décadas destacando con el tema de la pobreza. Todas sus campañas políticas giran en torno a las promesas de atención prioritaria a grupos indígenas, mujeres, niños y ancianos marginados.

¿Será que la pobreza se ha perpetuado en Chiapas, Guerrero, Puebla y Oaxaca?

La atención de la pobreza es un botín político permanente, los gobernantes para sus fines proselitistas utilizan todas y cada una de las carencias de las personas.

La única forma de que la gente deje de ser pobre y sus hijos rompan con la cadena de miseria es dotándola con dos instrumentos: educación y trabajo.

Lo primero, para capacitar, enseñar, dar los medios didácticos para defenderse en la vida y lo segundo, para que mediante un ingreso y prestaciones se logre un acceso a servicios financieros, esquema de pensiones, hipoteca, salud pública, etc.

La cara contraria es que a menor educación y menor facilidad para insertarse en una actividad productiva, prolifera la industria de la pobreza sobre de la que se erigen muchos intereses porque los gobernantes justifican así el dinero gastado en los programas sociales y la gente en situación desfavorable llega a aceptar que no tiene otra forma de salida más que vivir de limosnas y vales oficiales para despensa, kilogramo de tortillas o leche para los niños.

En algunas situaciones la pobreza tiene como reducto emplearse o subemplearse en la economía informal y la evidencia de su tamaño es suficiente para dejar en ridículo a cualquier funcionario mentiroso.

Mientras, en el campo los esquemas de autoconsumo son la forma de sobrevivir para millones de hogares en pobreza; sin su parcela no tienen nada.