Mis verdades sobre la mentira (Parte 1)

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Por José A. Ciccone

Acaba de suceder y sigue vigente el desastre ecológico mundial que provocó el gigantesco incendio de la selva amazónica, nos aterramos ante este hecho y todavía tuvimos que soportar noticias falsas, plagadas de mentiras sobre este delicado asunto. Por un lado, los ecologistas expresando su justificada ira y por el otro, los gobiernos manejando todo tipo de información que, supuestamente, justifique su inocencia y para este fin, echaron mano de la mentira como un elemento más de confusión, provocando más ‘humo comunicativo’ que el real fuego arrasador que acabó, además, con parte de la vida animal que ahí mora.

Venturosamente Dios nos proveyó de un cerebro“ con raya al medio” y lo separó en dos hemisferios. Esta confabulación fisiológica tal vez contribuya a que veamos el mundo moralmente dividido en dos: lo Bueno y lo Malo. Aunque a esta altura de nuestra civilización humana, ninguna persona inteligente está segura de nada, porque para darse el lujo de dudar, hay que cruzar esa frontera tan cómoda que señala la diferencia.

Verdad y mentira

Lo que sí es cierto, es que estoy medianamente seguro, que sólo aquellos que creen que existe la verdad pueden asegurar -con avasallante convicción- que también existe la mentira, su molesta contracara permanente, que utilizan desde prominentes empresarios, pasando por profesionistas avezados hasta llegar a funcionarios de gobierno en turno.

A menudo somos testigos presenciales de aquellos que enarbolan verdades absolutas, que pueden ser aptas para ellos pero que las exigen omnicomprensivas, suelo experimentar rechazo instantáneo si el heraldo es minúsculo o miedo si es poderoso y arrastra tras de sí grupos de conversos, que suelen ser tan enérgicos como enrarecidos.

Aunque parezca alarmante, es prudente inferir que la verdad no significa un hecho único, ni aprehensible en una sola afirmación. Suele ser múltiple, variable, paradojal, contradictoria y de una complejidad que supera la capacidad de comprensión de la mayor parte de las personas.

Si esto es cierto, como consecuencia es válido conjeturar que la mentira, como justificación de la verdad, padece de la misma complejidad que impide una única y certera definición.

Ya establecida escuetamente la vaguedad mutua de la verdad y de la mentira, conviene que hagamos una “escala técnica”, que no significa intentar incurrir en el cinismo, y mucho menos, en la rápida consecuencia de que todo es igual, y que por lo tanto cualquiera está habilitado para incursionar en la tropelía y el despropósito. Nuestra experiencia como integrantes de la raza humana y las desventuras del mundo actual, nos indican con claridad la idéntica peligrosidad de los cínicos y los intolerantes, que se potencian hasta las calamidades públicas cuando tienen la posibilidad de ejercer el poder.

La complejidad de la verdad y de la mentira no desvanecen la necesaria existencia de algunas certidumbres, que son –ni más ni menos-, las que nos permiten establecer las reglas de convivencia dentro de una sociedad tan globalizada y medianamente civilizada, en la que sea posible el maravilloso desafío de crecer, encontrando la armonía entre la tolerancia y la moral.

Este cruce es un verdadero contratiempo, puesto que en el territorio oficial de lo bueno y lo malo las cosas son mucho más sencillas. Por ejemplo, si tuviéramos que ubicar la mentira en un encuadre ético simple ¿dónde la colocaríamos? La mentira no figura entre los Siete Pecados Capitales, pero sí aparece en las Tablas de la Ley: “No levantarás falso testimonio”, dice el Octavo Mandamiento. San Agustín se dedicó a analizar el tema con detalle y a profundidad, con clasificación de mentiras y fuertes reconvenciones incluidas.

(Continuará dentro de dos semanas)

 

 

 

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