Los nuevos Denegri

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Por Daniel Salinas Basave

No tengo duda: Enrique Serna ha elaborado el retrato más extremo, barroco y descarnado de la prostitución periodística en la era del México de la dictadura perfecta. Al narrarnos la vida de Carlos Dengri en El vendedor de silencio, ha plasmado como nadie los usos y costumbres de un mórbido engranaje informativo que por décadas sostuvo a un régimen  corrupto.

La semana pasada tuvimos la oportunidad de platicar  largo y tendido con Serna durante la feria de Chihuahua después de la gran presentación que le hiciera Vicente Alfonso. Creo que El vendedor de silencio  será leído y comentado dentro de muchos años y pienso que hoy en día debería  llegar a las nuevas generaciones de comunicadores. Claro, la pregunta inevitable es ¿quiénes son los Dengri del México actual? Las formas han cambiado. El omnipresente ágora digital hace imposible la existencia de un periodista que actuara con semejante nivel  impunidad.

No dudo que Peña Nieto, con su insultante gasto en comunicación e imagen, tratara de resucitar ese tipo de indigno amasiato con la prensa, pero la era de las redes sociales hace imposible una calca de Denegri en el Siglo XXI. Los que fueron  voceros de Peña en los grandes medios nacionales pueden tener la misma escuela denegrista, pero ni de lejos su omnipotencia. Por la décima parte de sus escándalos y sus agresiones públicas a mujeres, Denegri habría sido crucificado en las redes e inmolado políticamente. Claro, cambian las formas pero no el fondo.

A menudo trato de imaginar cómo se narrará esta contradictoria y enfermiza época cuando haya algunas décadas de distancia. Creo que el libro de Serna es literariamente redondo porque hoy podemos contextualizar a Denegri y su entorno con la mirada de nuestro tiempo. Por ejemplo, una gran obra como Los periodistas de Vicente Leñero tiene un inigualable valor testimonial, pero El vendedor de silencio es un mural de época.

Acaso en 2019 los nuevos Dengri no sean ya los columnistas y conductores de los grandes medios, sino los twiteros talibanes de López Obrador, esa suerte de siervos devotos e incondicionales que parecen vivir y respirar solo para defender a su pastor. Me gustaría que en un futuro, un novelista con la calidad y la malicia narrativa de Serna describiera en una novela la mórbida psicología de esos voceros inquisitoriales capaces hacer maromas imposibles con tal de justificar a su líder. Seres que no dudan en minimizar la masacre de unos niños o enaltecer la liberación de un capo; personas tan enajenadas que son capaces de inmolar el sentido común y la lógica elemental con tal de defender lo indefendible.

En los tristes tiempos en que México es un gran cementerio de reporteros asesinados, el presidente, desde el púlpito arzobispal de las mañaneras, estigmatiza, divide y condena a los periodistas que no piensan como él llamándolos conservadores, chayoteros y golpistas, sabiendo que su coro de adoratrices aplaudidoras está siempre listo  para secundarlo y multiplicar su mensaje. Ignoro si esa armada twitera lucre y se enriquezca con la defensa a ultranza de su presidente. Lo único que sé es que ser testaferro de cualquier régimen, sea de izquierda o de derecha, es algo por naturaleza abyecto y vil, una de las manifestaciones más humillantes del secuestro total del pensamiento crítico. Ojalá algún día leamos la novela de esta época y pueda resultarnos tan tragicómica, barroca e indignante como hoy nos resulta Denegri.

 

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