Los infortunios de la posteridad

0
301

Por Daniel Salinas Basave

Las arbitrariedades de la posteridad también afectan a los personajes de ficción. La primera parte de Don Quijote de la Mancha tiene 52 capítulos; la segunda 74. Capítulos ricos en diálogos, aventuras, reflexiones y entremeses; pasajes fascinantes destinados a ser recordados únicamente por los verdaderos lectores de la obra. Del castillo de los duques, Clavileño, la barca encantada, la Cueva de Montesinos, el Caballero de los Espejos, Ginés de Pasamonte, la Historia del Cautivo, Cardenio y Lucinda, la Sierra Morena nadie hablará nada. Para el millón de no lectores del Quijote, que citan la obra sin haber tenido siquiera la intención de algún día echarle un ojo, todo se reduce a un mínimo e intrascendente pasaje de página y media donde el caballero embiste a unos molinos de viento que ha confundido con gigantes. Para la cultura popular ese es el momento cumbre que sintetiza la obra y su esencia. Quijote y molinos; matrimonio indisoluble; vínculo irrompible que podemos apreciar en esos cuadros o esculturas rimbombantes que adornan los despachos de pretenciosos abogadetes expertos en citar frases que Cervantes nunca escribió. Don Alonso no está solo en su arbitraria posteridad. También el pobre Hamlet debe resignarse a ser un príncipe loco hablándole a una calavera ante quien pronuncia una y otra vez el “ser o no ser”, que según el poeta Tomás Segovia no deriva en el “he ahí el dilema” o “esa es la cuestión”, sino en “de eso se trata”.

Toda memoria es injustamente selectiva. Ninguna historia es capaz de dimensionar el tamaño del olvido y ningún personaje es capaz de gobernar los designios de la posteridad. Héroes o villanos colgados por la eternidad de un minuto; de esa absurda alineación de astros capaz de colocarnos en el momento y el lugar indicados que sellarán su pacto con el infinito. Tamaña injusticia no es solamente obra de la liturgia mediática y sus designios. Tu vida misma y lo que de ella crees recordar, son tres o cuatro minutos mostrencos; un olor, una melodía, una imagen pesadillesca. El primer beso torpe y baboso de tu adolescencia; el dolor de tu brazo partido en esa absurda caída; tu premio de empleado del mes en McDonalds; la muela arrancada por un dentista tosco; tu hijo chorreado fluido de placenta en la maternidad; el médico advirtiéndote de las maldades de esa enfermedad crónico-degenerativa que va a matarte. Tú recuerdas eso, pero ante unas cuantas personas para las que tu cara y tu nombre pueden llegar a significar algo, lo que sobrevive es una anécdota aún más absurda; unas palabras estúpidas que no recuerdas haber pronunciado (y que tal vez ni siquiera pronunciaste) una travesura ridícula o tu pelo ingobernable en la foto de grupo que te recordará ese compañero de la secundaria a quien muchos lustros después encontraste en un elevador. Y la vida es eso: un océano de olvido, un cofre de anécdotas que yacen refundidas en algún pozo del subconsciente. El irremediable naufragio de la memoria que algunos intentamos sin éxito conjurar mientras desparramamos palabras.