Los errores que cometes al decidir

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Por Juan José Alonso Llera

La toma de decisiones es el proceso mediante el cual se realiza una elección entre varias opciones o formas para resolver diferentes situaciones de la vida en diferentes contextos. Estos van desde el nivel laboral, familiar, personal, sentimental o empresarial, utilizando metodologías cuantitativas que brinda la administración, hasta cualquier aspecto de la cotidianidad. Consiste, básicamente, en elegir una opción entre las disponibles, a los efectos de resolver un problema actual o potencial, aun cuando no se evidencie un conflicto latente.

Unos profesores del IESE desarrollaron un libro que analiza de forma amena y con multitud de ejemplos las pifias más comunes a la hora de tomar decisiones. Diez errores que todos cometemos y que ellos identifican para que no tropecemos dos veces con la misma piedra. Después de leerlo a conciencia les comparto mi resumen personal, ¡Tomen nota!

– Buscar la decisión perfecta. Buscar la perfección en nuestras decisiones añade una presión innecesaria y suele generar “parálisis por análisis”. A la pregunta de cuál había sido la canasta que más le había dolido fallar, un conocido jugador de baloncesto norteamericano a punto de retirarse respondió: “Aquella que no me atreví a tirar”.

– Ser poco realista. Tendemos a ver las cosas como nos gustaría que fueran y eso nos lleva a confundir los deseos con la realidad, magnificar sus aspectos positivos y minimizar los negativos.

– Hacerse trampas. El modo en que nos presentan o presentamos una situación condiciona nuestra elección. Para evitar el autoengaño es importante generar alternativas, intentar ver las cosas desde distintos prismas y reposar la decisión.

– Decidir según las modas. El problema de imitar y no pensar antes de decidir es que cortamos la posibilidad de generar alternativas válidas que tal vez sean más correctas que la que está de moda.

– Precipitarse y arriesgar más de lo necesario. Solemos precipitarnos porque así nos quitamos los asuntos de en medio y pensamos que somos eficaces. De esta manera, lo único que hacemos es arriesgar innecesariamente.

– Confiar demasiado en la intuición. La intuición puede ser un elemento positivo, pero acostumbra a ser fuente de errores cuando le damos excesivo peso en detrimento del análisis.

– Ser prisionero de las propias ideas. Nos cuesta modificar una decisión tomada previamente, aunque mantenerla se manifieste claramente ineficiente o perjudicial.

– No considerar las consecuencias. Es lo que hicieron los responsables del Titanic, que se empeñaron en llegar 24 horas antes de lo previsto a su destino para acallar a quienes afirmaban que un barco tan grande tenía que ser lento. Y todos sabemos las consecuencias

– Sobrevalorar el consenso. Tendemos a pensar que las decisiones tomadas en grupo suelen ser más efectivas, pero no siempre es así.

– No llevar a la práctica lo que hemos decidido. El proceso de toma de decisiones no acaba con la decisión, sino con la aplicación y el seguimiento de la misma. Sin embargo, a veces tomamos una resolución que nunca llega a aplicarse, ya sea por nuestras propias limitaciones, compromiso o por las que nos impone el entorno.

No me resta más que decir, ten cuidado, toma nota y aprende del fracaso, que este sea rápido, sólido y barato.

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