Lo que guardaba en una vieja nota 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Tú, me detuviste el telón del tiempo para que entrara esa noche a tu vida antes de cerrarlo y dejarme a mí dentro, de ti, de esa vida, de ese callejón, de ese aroma, de esa dinámica, de esa noche. Mientras me tomabas de la mano la noche se volvió eterna, las estrellas una promesa, el día algo que tú y yo nunca conoceríamos.

Te seguía como un desconocido sigue a su guía, como si el mundo fuera un gran mapa y pensábamos conquistarlo todo, todo en la sonrisa, todo entre cada beso, todo entre cada mirada que era recibida y los poemas se vuelven reales, los versos sorbos, los sonetos acordes.

Había tanto que desconocía de mi misma, cada foquito de mí se fue prendiendo como si era el árbol de navidad que en medio de la ciudad se encendía, sin audiencia, sin testigos y me iluminaba a mi sola, despertada por alguien, despertada por él. El amor de un día, de los que lees en libros, de los que se cuentan en historias, de los que narraron mis tías, de los que vi llorar a mi madre, de lo que cada humano debe vivir, aunque fuese una vez en su vida.

El amor que nunca se olvida, el amor que no sabes con el tiempo si fue amor, pero fue como una dosis que te despego, que te aparto y la vida ya nunca te sabrá igual; que te hizo reconocerte como un ser amado y al otro como este sin fin de colores que se proyectaba en ti. Dicen que esos amores deben de irse y pasar, dicen que pasan, dicen que lo sueñas, dicen que de ellos están llenas las nubes en un cuarto de terapia, dicen que por ellos están las palabras no dichas, las cosas inconclusas, los fantasmas tercos, los gritos empapelados, aquellos que reinan el mundo de los incompletos.

Los amores que se quedan encantados, que se siguen repitiendo en el mismo día, una y otra vez dentro de la memoria, que no se sabe ya, si es producto de la imaginación o de eso tan atesorado recuerdo, que lo cuentas y se magnifica, y nadie puede imaginarlo como se sintió en el vivo pecho, en la palma de las manos, en el roce de mejilla.

Esos amores que se van como la estrella en la que no deseaste, como el diamante que se escurre por la coladera; viven para llenar los momentos de silencio, la esperanza del anciano, la mirada a la nada, las hojas blancas de un viejo diario.