Libros de ornato

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Por Daniel Salinas Basave

Las personas políticamente correctas y los seres acostumbrados a vender una imagen suelen elogiar públicamente la lectura, aunque en los hechos la detesten. Funcionarios, candidatos, líderes de opinión y fauna semejante, tienden a pronunciar frasecitas prefabricadas para referirse a la lectura como una noble actividad que engrandece el espíritu, aunque ellos mismos no la practiquen. Desgraciadamente el libro suele ser manoseado por el mundo los hipócritas biempensantes.

En esas rimbombantes fotos oficiales de presidentes, gobernadores y alcaldes que afean todas las oficinas públicas del país, puede apreciarse, tras la imagen del solemne encorbatado y su bandera, un librero de fondo. En las oficinas de los altos funcionarios se acostumbran los libros de pasta dura en elegantes ediciones siempre en juego con la decoración. Recuerdo que una vez, en la oficina de un alcalde de Tijuana, me llamó la atención un libro de Rousseau. Le pregunté al presidente municipal en cuestión si lo había leído y de inmediato me quedó claro que no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. No sólo no lo había leído, lo cual es obvio, sino que ni siquiera tenía idea de que dicho libro adornaba su lugar de trabajo.

He visitado casas u oficinas de altos funcionarios repletas de libros envueltos en plástico. Libros recibidos de regalo en una presentación a los que jamás se tomaron siquiera la molestia de abrir. Vaya, aunque me cueste trabajo creerlo, los libros de ornato existen. Me parecen el non plus ultra del mal gusto, pero hay despachos o casas muestra que tienen sobre el escritorio una edición en caoba del Quijote o Los Miserables dentro de la cual no hay papel ni tinta, sino vacío; el abismal vacío de quienes han hecho del libro un artefacto elegante para intentar enaltecer su imagen.

Me duelen los libros vírgenes, los libros pretexto; los libros condenados a vivir envueltos en plástico o como adorno de un librero sin poder conocer aún a su primer lector. Prefiero los libros que tienen las huellas de la pasión que despiertan. Libros subrayados, con notitas, poemas y desvaríos del lector en tinta corrida. Libros nómadas que han sido compañeros de su viajero lector. Libros con una mancha de vino, con un boleto de autobús o avión como separador.

Un libro es un objeto de pasión, una puerta a otro mundo, una droga alucinante. A menudo me preguntan qué haría yo para promover la lectura o qué consejos les daría a quienes no leen. Suelo quedarme sin respuesta. Sería tanto como preguntarle a un heroinómano qué haría para promover el uso de la heroína. No leo para ser más culto o acumular conocimientos. Leo por puro y vil principio hedonista; porque los libros son la droga más potente y placentera que he probado en mi vida; porque son mi mejor ruta de escape; porque son el único vicio del que nunca voy a rehabilitarme; porque nací entre libros, crecí entre libros, vivo entre libros y me voy a morir entre ellos. ¿Se vale decir eso para promover la lectura en el Día del Libro?