Lectores a contracorriente

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Por Daniel Salinas Basave

Ser lector en México ha implicado siempre un desafío, un navegar a contracorriente enfrentando la censura o el espíritu de la época. En México la lectura nunca ha sido un fenómeno de masas. Aunque hemos vivido algo parecido a una época de oro de la industria editorial, los lectores hemos sido siempre una obstinada minoría.

Durante el virreinato ser lector podía ser un acto criminal mientras que en mundo actual es algo que raya en la extravagancia. Pese a todo, el mundo del libro resiste, metamorfosea y toma senderos improbables.

¿Hubo lectores en la expedición de Hernán Cortés? ¿Cuál fue el primer libro impreso en llegar a tierras mexicanas? ¿Fue alguna cartilla catequista del Padre Olmedo o acaso algún soldado cargaba consigo una novela caballeresca?

Aunque se ha estereotipado a los integrantes de la expedición  de Cortés como villanos analfabetas, lo cierto es que entre los integrantes de la tropa española que sitió Tenochtitlán había algunos lectores, empezando por Bernal Díaz del Castillo, que leyeron el Amadís de Gaula y encuadraron el Anáhuac en el imaginario de la caballería. Tanta influencia ejerció la novela caballeresca, que el mismo nombre de California procede de las Sergas de Esplandián, secuela del Amadís de Gaula. La primera visión de la Gran Tenochtitlán por ojos europeos hizo evocar “cosas de encantamiento propias del Amadís”. Los conquistadores arribaron a Veracruz poco más de 60 años después del nacimiento de la imprenta de Gutenberg en Maguncia y aunque la mayoría de aquellos hombres encarnaban los vestigios de un feudalismo iletrado, lo cierto es que hubo no pocos hombres de letras entre quienes empuñaban la espada.

¿Fueron los franciscanos y dominicos los impulsores de la primera campaña de alfabetización de la historia? ¿Qué libros traían consigo los frailes evangelizadores? ¿Quiénes fueron los primeros americanos en leer castellano?

La conquista espiritual es inconcebible sin los libros, sin embargo los frailes solo pretendían convertir al catolicismo, no alfabetizar. La lectura fue una herramienta catequista pero a los naturales de América les fue vedado leer, aunque muchos de ellos aprendieron. Los frailes fueron también rastreadores, destructores y eventualmente salvadores del legado literario náhuatl en códices. Primera gran paradoja de la historia de la lectura en México.

Otra gran paradoja, es que el hombre que imprimió y selló los primeros 35 libros que circularon en México, fue un italiano que nunca aprendió a leer. El suyo era un oficio rudo de taller que se iba fortaleciendo en la práctica, no una doctrina de letrado aprendida en la universidad. Juan Pablos desempeñaba su labor colocando los tipos seguidos, imitando los símbolos que veía en el texto sin acertar a comprenderlos.

Cuando el poseedor de la licencia real, el alemán Juan Cromberger,  murió apenas un año después de la llegada de la primera  imprenta a América, Juan Pablos de Brescia hizo las gestiones necesarias para quedarse con la licencia real, asumió los costos del papel y la tinta que por contrato proporcionaba el alemán y años después, en 1548, fue autorizado a sellar con su nombre los nuevos trabajos salidos de su taller. Juan Pablos reforzó su negocio mandado traer de Europa nuevos empleados expertos: Tomé Rico como prensista, Antonio de Espinosa como cortador y fundidor de letras, Juan Muñoz como cajista y Diego de Montoya como auxiliar.