Las vacaciones y el regreso

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Por Dianeth Pérez Arreola

Siempre que voy de vacaciones a un país lejano pienso que será la primera y la última vez. Lo pienso por motivos económicos -no podría asegurar que algún día tendré los medios para volver- y porque la vida es efímera e impredecible.

Con esto en mente, trato de hacer una fotografía dentro de mi cabeza para tener muchos detalles con todos los sentidos para recordarlo todo; el olor a lluvia de Moscú y el olor a humo de las calles de San Petesburgo; el lujo que se ve en un país alguna vez socialista; el sabor de una sopa típica que me recuerda a la barbacoa con arroz; los rasgos orientales de muchos meseros; los turistas que toman fotografías de la emblemática catedral de la Plaza Roja, sin apenas mirarla, ocupados en el encuadre de aquella otra que se ve en la pantalla de su teléfono.

Pienso en los majestuosos edificios que ven pasar los siglos como si se tratara de parpadeos; aquellos que mantienen su esplendor, testigos del paso de nobles y plebeyos, guerras y paz, pobreza y abundancia. Me intrigan también los bellísimos inmuebles cuya arquitectura no deja lugar a dudas sobre su importancia en el pasado pero que hoy lucen grises, sus ornamentos dañados y sus cornisas desgastadas, como una especie de hermosas doncellas pobres pero hermosas que esperan pacientes la llegada del hada madrina.

De regreso en Berlín, una ciudad que siento como una segunda casa, me fijo que en ninguna otra parte he visto tantas mujeres con cabello verde como ahí, que hay más gordos que en Holanda y que el tentempié nacional, el currywurst -una salchicha bañada de salsa de tomate con curry- no es lo mío.

No sé si haber visitado Berlín ya en muchas ocasiones me hace ahora fijarme en sus aspectos negativos, pero después de vivir 16 años en la ordenada Holanda, me vuelve loca el caos de las aceras berlinesas. La fiebre de los patines eléctricos ha llegado con ganas a la capital alemana, y a esto hay que sumarle que los ciclistas circulan por donde les place, la calle o la banqueta. Es imposible disfrutar de un paseo tranquilo, hay que estar siempre atento a bicicletas y patines que van a toda velocidad y en ambas direcciones. Encima tocan la campanilla con la altanería de quien cree tener derecho de paso.

Finalmente, de regreso en Holanda, tras tres semanas de ausencia, noto que mi bicicleta ha desaparecido de su lugar frente a la casa, estacionada en su bloque de cemento y asegurada con doble cerrojo. Mi incredulidad me hace ir a echar un ojo a la casita del patio, donde guardamos las bicicletas de nuestras hijas; tal vez no me acuerdo haberla guardado ahí antes de salir, pero es en vano, se la han robado.

La casa está intacta, mis peces vivos gracias al alimentador automático y las luces prendidas debido a los temporizadores. Viendo el lado positivo, el robo de la bicicleta es un mal menor, pues este año ya habían intentado entrar a robar a dos casas de mi calle. Otro detalle que recordaré de estas vacaciones.