La vida que viene

Por Dianeth Pérez Arreola

Estas vacaciones son la antesala de mi nueva vida en México. Este tiempo lo ocupo principalmente en dos cosas: buscarle secundaria a mi hija mayor para el ciclo escolar que sigue y buscar empleo.

El escepticismo inicial de mis padres se ha ido transformando en emoción; la felicidad de mis hijas al verse rodeadas de familia reafirma mis decisiones; ver cómo se me abren puertas me devuelve la confianza en mí misma.

Por una parte, no esperaba mucho después de una pausa laboral de veinte años, pero por otra no he dejado ni de escribir ni de estudiar; nadie está más motivada que yo para empezar a trabajar después de diecisiete años sabáticos en Holanda.

Yo sé que ser madre y ama de casa no es de ninguna manera una labor sencilla ni poca cosa. Ojalá pudiera sentirme satisfecha con eso, pero no puedo. Siento que la vida se me va, que yo puedo hacer grandes cosas y que en Holanda no tuve, no tengo ni tendré la oportunidad que estoy esperando para crecer profesionalmente.

Mi marido comprende mi frustración y ha sido testigo de mis infructuosos intentos de encontrar un trabajo que me de satisfacción en primer lugar, más que dinero. Sabe que de seguir en Holanda yo me convertiré en una mujer diferente a la que él conoció y deja intactas mis alas para buscar esa parte de mi vida que me hace tanta falta.

Los dos estamos conscientes que al dedicar más tiempo a un aspecto, otro se puede venir abajo. Sí, es un riesgo. Es difícil que la gente comprenda el esquema bajo el cual pretendemos vivir, que es seguir juntos y felices, aunque nos separe el Atlántico.

Lo mío son las decisiones radicales, y estaba pensando que como el gobierno de López Obrador, ya voy en mi 4T. Primero fue irme a vivir sola por trabajo a otra ciudad, luego irme a estudiar a otro país, luego casarme y vivir en Holanda y ahora regresar a donde empecé.

Siempre he sentido que las decisiones que he tomado han sido las correctas. Algunas personas me han dicho que no me preocupe, que si las cosas no resultan como yo espero siempre puedo volver. A mí no me gusta oír eso, estoy convencida de que nunca volveré de manera permanente a Holanda.

Iré todos los veranos, espero alguna vez volver a ver sus maravillosos otoños y primaveras y sueño con el día que vaya a defender mi tesis, pero volver a vivir ahí lo descarto. No porque piense que será la constancia de un fracaso, sino porque ya sé que mi felicidad no está ahí.

Las cosas van bien, aunque la búsqueda de una secundaria laica, bilingüe y no muy cara, sigue. Mi hija mayor vive preocupada por ir a la secundaria a la que van a ir sus amigas, aunque ésta no cumple el -para mí-, indispensable requisito de no incluir religión en su plan de estudios, mientras mi hija menor ocupa su tiempo intentando desentrañar el misterio de cómo las sirenas van al baño.