La seducción del libro artesanal

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Por Daniel Salinas Basave

Mi abuelo Agustín Basave, quien heredó a la Universidad de Nuevo León una biblioteca personal de más de 33 mil ejemplares, fue un bibliófilo bastante austero. A menudo en las entrevistas le pedían que nombrara algún ejemplar raro, atípico o de plano extravagante incluido en su acervo.

Sin duda los periodistas culturales imaginaban que poseía incunables del Siglo XV o la primera Biblia impresa por Gutenberg en Maguncia, pero mi abuelo no era dado a coleccionar libros como piezas de arte ni hubiera estado dispuesto a pagar demasiado solo por la antigüedad del objeto. Siempre y cuando la edición y la traducción fueran dignas, mi abuelo apostaba por la opción más sencilla.

Para él lo de acumular rarezas como piezas de museo para admirarlas sin leerlas era cosa de coleccionistas extravagantes y no de verdaderos lectores. Los libros son para leerse, no para exhibirse, solía decirme.

Heredero de su pasión, en cierta forma he seguido su fórmula y no he caído nunca en la tentación de invertir fortunas en primeras ediciones con dedicatoria. Sin embargo, debo confesar que en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, caí seducido por algunos objetos artesanales que se impusieron a la novedad editorial. Muchos de los libros que compré en la FIL ya las tengo en mi biblioteca, pero las ediciones que encontré en el sello argentino Zorro Rojo fueron simplemente irresistibles.

Desde hace años poseo en Anagrama La Trilogía de Nueva York de Paul Auster, pero no pude resistir la atracción del hermoso ejemplar del zorro. Poseo al menos tres ediciones de La Metamorfosis de Kafka, pero fue imposible no sucumbir al deseo de tener la versión traducida por César Aira e ilustrada por el artista Luis Scafati, quien estaba en el puesto de venta del Zorro Rojo y cuya dedicatoria fue una acuarela personalizada. Emocionado, también me hice de una versión de La Ciudad Ausente de Ricardo Piglia que por supuesto poseo en Anagrama, pero no con el detalle de una acuarela única, pintada por Scafati frente a mí.

Mi hermano Adrián, siempre visionario, fue contundente en su vaticinio: este es el futuro del libro. Dado que hoy casi cualquier obra puede ser obtenida en archivo digital, lo único que puede motivar a alguien a pagar por papel y tinta, es que el libro sea un objeto hermoso, único, con valor artístico. Algo similar sucede con la música. Un joven melómano con un acervo digital de más de 30 mil canciones en su iPad, puede estar dispuesto a pagar 50 dólares por un solo disco de vinilo.

Yo sigo creyendo que lo importante es el contenido. Muchas de las mejores lecturas de mi vida han llegado a mí en ediciones baratísimas, como fue el caso de los Sepan cuántos de Porrúa o la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica en donde descubrí a decenas o acaso cientos de autores que han sido fundamentales en mi vida.

Creo, como mi abuelo, que lo importante es leer y no adornar una biblioteca con un bello ejemplar, pero hoy en Guadalajara, debo admitirlo, el libro artesanal ganó la batalla.