La gratitud de los sobrevivientes

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Por Daniel Salinas Basave

Existen minutos -de inspiración o infortunio- capaces de condicionar, definir o marcar para siempre una vida. No importa si la vida en cuestión dura cincuenta, ochenta o cien años. Da lo mismo. Cada día o cada lustro de esa existencia serán esclavos del minuto fatal o el minuto de gloria, marcados a hierro ardiente por ese abrir y cerrar de ojos que torció, sepultó o encumbró un camino.

Los creyentes en la omnipotencia de un destino irrenunciable trazado por dioses caprichosos, dirán que nada podemos hacer para escapar a ese minuto. Hay una voluntad superior que así lo ha definido y nosotros, pobres juguetes de la deidad, debemos resignarnos y someternos a sus designios. En cambio, los defensores de la aleatoriedad dirán que todo es posible en el caos y que si a caprichos vamos, ningún dios iguala a las leyes de la improbabilidad y sus azarosas combinaciones.

El accidente es el más acabado ejemplo del instante fatal capaz de subordinar una vida entera. Unos segundos de más o de menos o una mínima dosis de desconcentración, pueden hacer la diferencia en el caso de un accidente de tránsito.

Tras la colisión, un joven queda con las piernas destrozadas y debe acostumbrarse a vivir paralítico el resto de su existencia; resto que puede alargarse 50, 60 o más años. Tres cuartas partes de la vida de esta persona son consecuencia directa de un solo instante fatal que pudo ser evitado. El joven paralítico se torturará una y otra vez pensando en lo fácil que era evitar ese accidente, en los mil y un hubieras desechados y en la total improbabilidad de lo que fue. Si a partir de ese momento le resta aun medio siglo de supervivencia, no pasará un solo día en que no evoque y maldiga el instante fatal, ese instante que es amo y señor de su vida entera.

Dado que las consecuencias físicas son omnipresentes, el accidente es el ejemplo perfecto de esa clase de minutos-tatuaje. Muchas veces he escrito sobre la fragilidad de la vida, sobre lo que significa caminar con la muerte siempre a la izquierda, pero nada absolutamente sabía yo de eso. Nada. Eran sofismas literarios.

Sólo hasta hoy pude dimensionarlo y es desgarrador, algo que derrumba cualquier metáfora. Una tarde cualquiera estás viviendo un momento sublime en una playa de ensueño y minutos después yaces al fondo de una loma, volcados, mordiendo la arena del desierto. El infierno habita a un parpadeo de distancia.

Rebasamos al mismo tiempo que un trailer quien venía atrás de nosotros. Salimos disparados fuera de la carretera, volcados, sintiéndonos dentro de una licuadora siniestra. Mil cosas cruzan nuestras mentes pero al final solo una perdura: Gratitud y humildad ante la vida.

La vida es polvo en ráfaga de viento, vela en la tormenta marina y por eso mismo es bellísima. Veo a mi esposa y a mi hijo junto a mí en este amanecer y sólo sé que nunca acabaré de agradecerlo. Golpeados pero vivos y aunque aún falta valorar a fondo, parece que sin secuelas severas. De cualquier forma, en nuestras mentes y nuestros corazones nada podrá volver a ser igual. Algo brota a partir de esto. Gratitud, humildad, amor por la vida.