La era de las creencias y la incredulidad

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Por Daniel Salinas Basave

Creo que las primeras palabras de Historia de dos ciudades de Charles Dickens encarnan la esencia de lo que de lo que la libertad de expresión y otras garantías individuales viven de cara a la tercera década del Siglo XXI.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.

Dickens aplica esta frase al Siglo de las Luces. La edad de la razón,  el conocimiento y la búsqueda de la igualdad fue también la era de la guillotina, el ciego terror revolucionario y las guerras napoleónicas que le siguieron. Podría ser también aplicable al Renacimiento, donde el florecimiento de las bellas artes y la ciencia coincidió con la quema de brujas y las salvajes matanzas cometidas durante las guerras religiosas derivadas de la Reforma y la Contrarreforma.

Pues bien, en este 2019 parecemos vivir en la edad la sabiduría y también en la de la locura; la edad de las creencias y la incredulidad. Nuestra era, cuyo espíritu predica la tolerancia y el respeto a la diversidad como un valor supremo, es al mismo tiempo una de las épocas con una moral más intolerante. Las democracias liberales rigen en buena parte del orbe y son cada vez más incluyentes, lo que paradójicamente ha derivado en el ascenso y entronización de personajes radical y descaradamente antidemocráticos que se valieron de la democracia que desprecian para llegar al poder y coartarla.

Con la libertad de expresión sucede algo parecido. En el papel podemos ejercerla de manera absoluta y sin cortapisas. Manifestaciones de ideas que hace cuatro décadas hubieran sido impensables hoy forman parte de nuestra vida cotidiana, pero al mismo tiempo nunca había sido tan peligroso ejercer el periodismo, al menos en México y en buena parte de la Latinoamérica. Hoy podemos publicar y compartir toda clase de información comprometedora e incluso burlas hirientes contra el presidente de la República, lo que en tiempos de Gustavo Díaz Ordaz o de Porfirio Díaz habría costado ir a Lecumberri. Hoy nadie va a venir a encarcelarnos por hacer mofa de un personaje poderoso ni nos van a secuestrar una imprenta y sin embargo, nunca como ahora se habían corrido tantos riesgos por ejercer el periodismo de investigación.

Ni en los peores tiempos de oscurantismo dictatorial latinoamericano habíamos presenciado semejante masacre de reporteros. La organización internacional Artículo 19 ha documentado en México el asesinato de 144 periodistas entre el 2000 y el 2019. Esta cifra es propia de un país inmerso en un conflicto bélico. Solo naciones con largas guerras como Siria o Afganistán arrojan números similares. La realidad es que los peores tiempos para los periodistas mexicanos son los actuales.