La cofradía de la morralla

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Por Daniel Salinas Basave

La vida cotidiana suele ofrecer contrastes desoladores cuando vives en frontera. Uno de los más extremos es la cadena alimenticia de la morralla. Cuando sales a hacer la compra en Tijuana o Rosarito (o en cualquier ciudad mexicana) debes llevar siempre unas cuantas monedas para repartir en múltiples propinas.

En la caja del supermercado, que es atendida por una mujer, hay un abuelito presto a empacar los artículos que compraste. Las monedas que tú le des son su único sustento posible, pues para él (y a estas alturas para mí también) sería imposible encontrar un empleo formal. Sales al estacionamiento y cuando aún no has abierto la cajuela del carro, ya hay una persona a tu lado dispuesta a acomodar cada una de las bolsas para acto seguido hacer funciones de viene-viene, no sin antes aclararte que le estuvo echando un ojo al vehículo. Su sustento también depende de las monedas que puedas darle.

Después te vas a la gasolinera en donde cada vez es más probable encontrar una mujer despachando en la bomba (el matriarcado gasolinero ya no exclusivo de Rendichicas). Después de preguntarte cuánto vas a cargar y de programar la bomba, la empleada limpiará el parabrisas y te ofrecerá un aditivo o un aromatizante. Aunque gana un sueldo, tu propina ayuda mucho y hace la diferencia en el sustento de su familia.

Ahora bien, si realizas  la misma operación en San Diego, te encontrarás con que en la caja del supermercado ya ni siquiera atiende una empleada (todavía las hay, pero son cada vez más frecuentes las cajas automáticas). Obvia decir que no hay un solo empacador y tampoco un cuidador viene-viene en el estacionamiento. Después irás a la gasolinera en donde no hay despachador alguno. Tú pondrás la tarjeta bancaria en la bomba, la programarás y te marcharás de ahí sin haber interactuando con ningún ser humano.

Es obvio que la vida moderna desemboca en el modelo estadounidense, que la cadena productiva tiende a automatizarse y que donde antes había un empleado ahora hay una máquina. Lo que me pregunto es hacia dónde irá la cadena alimenticia de la morralla. ¿Qué pasará con el empacador, con el viene-viene, con la despachadora de gasolina? ¿Cuántos millones de mexicanos sobreviven gracias a moneditas de 5?

Este pequeñísimo ejemplo me hace palpar con crudeza el futuro mediano e inmediato descrito por Yuval Noah Harari (y ya advertido hace tres décadas por Viviane Forrester en El horror económico). El proletariado ha muerto y la cadena productiva humana es ya pura carne de nostalgia. En la edad antigua hubo esclavos, en el feudalismo siervos, la Revolución Industrial hizo nacer a la clase obrera pero hoy simplemente mutamos a la estirpe de los prescindibles. Nuestra función como engranaje ya es pura ficción. Antes el hombre era explotado; hoy es simplemente innecesario. ¿De verdad ha muerto el neoliberalismo? Mmm. Creo que aún no dimensionamos la hecatombe que viene. Cuando entremos a la era de la desigualdad biológica acaso haya quien sienta nostalgia por estos días.