Hidalgo y el pueblo bueno

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Por Daniel Salinas Basave

Este 16 de septiembre Andrés Manuel López Obrador dará su primer grito de Independencia desde el balcón presidencial. Asumo que aprovechará la plataforma y el escenario  al máximo, pues ese tipo de ceremonias patrióticas le caen de maravilla y sin duda se sentirá pez en el agua. Después de todo, el estilo de liderazgo del tabasqueño se parece muchísimo al de Miguel Hidalgo y Costilla.

Perdonarán ustedes la odiosa comparación, pero la primera y fallida etapa de la guerra de Independencia tiene escalofriantes similitudes con la 4T. También el cura de Dolores creía en la  infalibilidad del “pueblo bueno”. Popular entre las masas, idolatrado por las castas más desfavorecidas del virreinato, Miguel Hidalgo apeló solamente su carisma e iluminación para encender la antorcha insurgente.

No había una estrategia militar ni mucho menos objetivos políticos claros, fuera de salir a “coger gachupines”. Ambigüedad e improvisación fueron la esencia de su efímero movimiento. Vaya, bastante contradictorio es comenzar una revolución de independencia gritando vivas al nombre del rey del que en teoría se pretendían independizar. Viva Fernando VII y no viva México fue el grito de Hidalgo en al atrio de su parroquia.

El cura jamás alcanzó a diseñar siquiera un esbozo de proyecto de nación independiente (como sí lo hizo Morelos tres años después). Tal vez no le alcanzó la vida. Hidalgo, al igual que Obrador, tenía muy claro el diagnóstico en torno a los malestares de la patria. Sabía que la sociedad virreinal era terriblemente injusta y que existía una “mafia del poder” integrada por ricos mineros, funcionarios virreinales y comerciantes a los que era preciso castigar.

Bajo el liderazgo de su pastor de cabecita blanca, el  “pueblo bueno” salió a los caminos de Guanajuato y armado de picas, hoces y machetes, fue a cobrarse históricos agravios, masacrando sin piedad a los fifís que se atrincheraban en la Alhóndiga de Granaditas, sembrando el terror el todo el Bajío.

Cuando obtuvo su último triunfo en el Cerro de las Cruces, a las puertas de la Ciudad de México, la fortuna todavía sonreía a Hidalgo. Acaso en algún momento pensó que el estandarte de la Guadalupana en verdad lo iluminaba y le daba poderes místicos.

Tal vez creyó que su noble misión redentora estaba por encima de la lógica y la cruel realidad, pero de pronto se topó con el brigadier Félix María Calleja de la misma forma que la 4T se topa cada mañana con las cifras macroeconómicas de cero crecimiento. La misión redentora entra en un callejón sin salida, pero su líder sigue creyendo en que la pureza de su causa lo inmuniza contra el fracaso.

Yo no pongo en duda la nobleza de los ideales de Hidalgo. Me atrevo a afirmar que fue un hombre de corazón puro, pero la pureza no basta para fundar o transformar naciones.

Hidalgo dejó en herencia un decreto de abolición de la esclavitud y un primer esbozo de prensa libre llamado el Despertador Americano, pero mucho más no consiguió. Su movimiento fue un fracaso que a los seis meses había desbarrancado.

Hidalgo no solo no consiguió la independencia, sino que retrasó su consumación al elegir la peor vía posible para buscarla. Al final, el Acta de Independencia fue firmada por un odioso y oportunista fifí llamado Agustín de Iturbide, tal vez no tan carismático, pero sí mucho más efectivo que el curita. En cualquier caso, Hidalgo, que no consiguió nada más que llevar a su pueblo al caos y el desbarrancadero, es el Padre de la Patria. Ese tipo de líderes suelen seducir a los mexicanos.