Hace 30 años

0
153

Por Dianeth Pérez Arreola

El pasado fin de semana se cumplieron treinta años de la caída del muro de Berlín. Recuerdo vagamente ese día en los noticieros de televisión, la gente feliz, abrazándose mientras otros se dedicaban a atacar los pedazos de concreto con martillos y marros.

Gracias al trabajo de mi esposo en Berlín pudimos visitar la ciudad muchas veces, ir a nuestros sitios favoritos y descubrir nuevos lugares. Dos cosas compiten por ser lo primero que ver: la puerta de Brandenburgo y el muro de Berlín.

La puerta es impresionante, el monumento observa el paso de la historia junto a las embajadas más importantes, los hoteles más lujosos y los bulevares más bonitos. Ahí junto a la puerta, estuvo por más de 28 años el muro, ahora marcado por adoquines y placas metálicas, una cicatriz que atraviesa la ciudad y que Berlín muestra orgullosa como una herida de guerra.

El pedazo de muro más grande está en la Galería del lado este, que se extiende por más de un kilómetro. El muro está decorado con diversos grafitis realizados por 118 artistas de 21 países, siendo el más conocido aquel que replica el beso fraternal socialista que se dieron en la boca el político ruso Leonid Brezhner y el líder de la República Democrática Alemana, Erich Honecker para celebrar tres décadas de la existencia de la RDA, en 1979.

Uno de los recuerdos más populares son los pequeños restos del muro de Berlín, curiosamente todos con restos de pintura en spray rosa y morado; seguramente ya se ha vendido el equivalente a la muralla china en estos treinta años.

En mi última visita caminando desde la Topografía del Terror, las antiguas oficinas de la policía secreta del estado, hacia el Checkpoint Charlie, el puesto de cruce entre las dos Alemanias, encontré un señor de avanzada edad que vendía fotografías de la caída del muro de Berlín. Me aseguró que eran originales y venían acompañadas de los enigmáticos trozos de muro color rosa y morado. Me enseñó una fotografía de él, treinta años más joven, dándole de marrazos a un pedazo de muro, que he de aclarar no era los mencionados colores.

En su limitado inglés pudo decirme muy poco, y yo lamenté no saber alemán, pues sin duda aquel hombre era una fuente invaluable de historias y anécdotas en los tiempos de la Alemania dividida. Por supuesto no pude resistir y le compré una foto con el pedacito de muro pegado en una esquina. Antes de irme me regaló una copia de su foto rompiendo el muro.

Vi en los medios las celebraciones berlinesas el fin de semana; atrás queda un pasado de división, de violencia, de muertes, de discriminación. Alemania celebra a lo grande haber renacido de sus cenizas. No todo es perfecto en ese país, la sombra del nazismo se asoma por sus ciudades, pero se acercan con éxito a los estándares de democracia, justicia, seguridad y prosperidad.

Ojalá llegue el día en que México tenga algo parecido que celebrar y los horrores de hoy parezcan muy lejanos. Soñar no cuesta nada.