Era sencillo

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Por Ana Celia Pérez Jiménez

Los que se van, ¿a quienes dejan? Los que se van ¿sabrán que a cada paso van creando pasado?, ¿sabrán que el polvo levantado formo torbellinos que desbastaron todo? «Los que se van» se vuelven seres enigmáticos, ajenos, de espaldas amplias y siluetas borrosas. Solo dejan conversaciones incompletas, mundos imaginarios, versiones de lo que fue y pudo haber sido, se les alimenta de especulación; «Los que se van» ¿sabrán que siempre son recordados?  «Los que se van» ¿sabrán que el vacío que dejaron se volvió un planeta? «Ellos» un punto de referencia, puntos suspensivos, el eterno separador de un libro cerrado. «Los que se van» bautizan el mundo del abandono y en él una estancia burda y encantada; esos que se van olvidan que pertenecieron, que amaron; esos que se van con una tijera cortaron todo lazo, todo tejido, toda vena, todo hilo, toda fibra y volaron cual globo y solo recuerdas como ante tus ojos fueron despareciendo como esos cometas.

«Los que se van» vienen de otro mundo, hechos de otra madera; ellos saben no mirar atrás, ellos nacieron desprendidos, nacieron desconectados de las palabras, del pecho de su madre y de los abrazos; nacieron con el «adiós» en la boca y con una maleta en las manos. A ellos se les invoca en días lluviosos, en pensamientos recurrentes, en rezos, en deseos de estrellas fugaces, al soplar velas de cumple años y sencillamente cada que se cierran los ojos.

En el mundo de los abandonados la regadera se vuelve un confesionario y un lugar de desahogo, los colores son pálidos por que se vive en la memoria; poder recordar la precisión en un  rostro, un aroma es altamente valorado. Los que quedan en el abandono actúan por actuar, viven en un eterno pasado (con una escena que repiten una y otra vez como buscando mayores pistas o algo que por fin resuelva) el único verbo que conjugan en presente es el respirar. La música se vuelve selectiva, ya que existen canciones que podrían producir dolor inmediato y las lágrimas, el reír no es con ganas o fuerte, hace sentir aún más fuerte lo perdido  por lo cual solo se sonríe de una comisura. En este mundo hay culpables y hay culpa, la condena nunca llega (aunque sus habitantes son víctima de ella sin así saberlo).

En el mundo del abandono se olvida la primera persona, se suelta el cuidado, el cambio natural, se deja de dar cuerda a los relojes, se usa la misma ropa, se merienda a la misma hora. En este mundo la naturaleza es libre y el humano preso. Pero también existe un tiempo, un límite, una migración consecuente donde el abandonado es aquel mismo que se abandonó; cambia de mundo, juzgo tanto al olvido que se olvidó a sí mismo y en ese círculo vicioso nunca entendió, nunca escucho que todo este tiempo lo que en verdad extrañaba era la versión que recordaba de sí mismo sencillamente siendo feliz.