Emprender el viaje joséagustiniano

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Por Daniel Salinas Basave

José Agustín irrumpió en el camino de mi vida en la temprana adolescencia y me salió al paso en las páginas de El cuento hispanoamericano. Hoy a la distancia puedo decir que esa antología compilada por Seymour Menton fue mi portón de entrada a muchos universos.

En esas páginas tuve mi primer encuentro con Cortázar, Revueltas, Arreola, Quiroga, Guzmán. En la edición viejita (la de los dos tomos del FCE) el último cuento de todos era Cuál es la onda, de José Agustín. Su posición al final del libro me hacía verlo como el extremo de la cuerda, el que marcaba el umbral hacia lo moderno, lo desafiante, lo contracultural. Lo que comenzaba con El matadero de Esteban Echeverría desembocaba, siglo y medio después, en José Agustín. Ahí habitaba la Onda.

Mi primera borrachera joséagustiniana ocurrió en los tiempos en que trabajé en Librería Castillo, donde en lugar de atender a los clientes me la pasaba entregado a leer la mercancía. En una sola tarde de “trabajo” me chuté La tumba e inmediatamente después Dos horas de sol, que venía recién desempacada como la nueva novela. Entre esos dos libros hay 30 años de distancia, pero haberlos leído en la misma semana me hizo dimensionar la derrochadora vitalidad de su autor. Este bato no envejece, pensé. Es piedra rodante que no hace moho. No era una tecla sesentera eternamente tocada, sino un personajazo que parecía seguir en la punta misma del grito.

En Dos horas de sol estaba el Acapulco de la gran orgía salinista, estaba Sisters of Mercy, Fields of the Nephilm, Siouxie. Ese libro, contemporáneo del Vodoo Lounge de los Rolling, me hizo darme a la tarea de entrarle con fe a todo lo habido y por haber del autor. Inmediatamente después me chuté De perfil, también en la librería y después fui en busca de Se está haciendo tarde, que representó otro viajesote (Cutty Sark forever).

Particularmente intensa fue la comunión con Ciudades desiertas, que me acompañó a un largo autoexilio en Nueva Inglaterra. El recuerdo de la desolada inmensidad de freeways nevados y la perturbadora paz de los pueblitos de cuáquera estirpe siempre irá hermanado a Eligio y Susana. También recuerdo la noche insomne que antecedió a mi debut como reportero en El Norte, cuando de un plumazo me leí Luz externa (y me dejó mal sabor de boca que los judiciales malandros estuvieran escuchando Black Sabbath en la escena del suplicio final). En octubre del 97 me tocó ir saludar por vez primera a José Agustín cuando acudió a la feria de Monterrey a presentar La tragicomedia mexicana 3. Este bato encarna su narrativa, pensé. Alivianado, sencillote, buena onda. Alguna vez dije que mi generación es huérfana de un padrino. Hoy pienso que cuando cientos de setenteros hacíamos nuestros pininos escriturales y descubrimos a José Agustín, todos dijimos: yo quiero poder escribir como él. No lo conseguimos, pero les juró que valió la pena emprender el viaje.

Hay obras que te definen como lector y te impulsan a transgredir fronteras narrativas. En este agosto de luz fantasmal en que José Agustín cumple 75 años, me asumo deudor de su locura.