El sueño de la razón produce monstruos

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Por Daniel Salinas Basave

La obra de arte cuyo título más veces he invocado como metáfora en mis textos es -ni duda cabe- “El sueño de la razón produce monstruos” de Francisco de Goya y Lucientes. Más allá de la evidente fuerza expresiva del cuadro, la frase en sí misma es literariamente redonda. Lo extraño es que hasta ayer por la tarde siempre la había entendido en un solo sentido: interpreto la palabra el “sueño” como el “ideal” o el “idilio” de la razón. Los pajarracos verdugos y los espectros que emergen de la cabeza del hombre son la inevitable deformación o degeneración de la mente cuando la obsesión racional es forzada al extremo. En el cuadro encontré una metáfora del naufragio del Siglo de las Luces en las mil y un cabezas cortadas por la guillotina revolucionaria y los muertos en los campos de batalla de las guerras napoleónicas. La razón que yo idolatro puede llegar a ser monstruosa. Sin embargo, ayer al atardecer, leyendo un ensayo de Juan Villoro (Goya y Fuentes: los trabajos del sueño) me topé con otra posible interpretación: cuando la razón duerme, brotan los monstruos.

La confusión se genera por la doble acepción de la palabra “sueño” en español. A diferencia de otros idiomas como el inglés, donde existen palabras distintas para denominar el acto de dormir (sleep) o soñar (dream), en nuestra lengua la palabra “sueño” puede ser entendida de dos maneras. Según Villoro, el título del cuadro ha dado lugar a no pocos debates. Eleanor Sayre, Robert Hughes y Pierre Gassier se inclinan a pensar en la razón dormida, mientras Edward Lucie-Smith y René Dubos interpretan que el soñar desbocado de la razón engendra las bestias. Utilizando el concepto nietzschiano del Origen de la tragedia, podría decir que el más extremo Apolíneo acaba por saltar al abismo de lo Dionisiaco. Si me pongo en plan castanediano, podría decir que el paroxismo del Tonal podrá cruzar el umbral hacia el Nagual. Al final, cuando la mente estructurada del dos más dos quiere alcanzar el cielo con su cuadrado de ciencia exacta, brotan los instintos primitivos, los horrores ancestrales, el siempre infestado pozo de nuestras pesadillas. ¿Qué habrá querido decir el sordo aragonés? ¿Cuál es la acepción correcta?

El sueño de la razón y la furtiva cacería de albas caribeñas producen monstruos. También el exceso de sargazo puede inspirar historias alucinantes. Catherine Davenport, turista canadiense, buscó desesperadamente una pluma para escribir un poema que no podía esperar. El poema se llamaría “Sargazo Zen”, pero en lugar de pluma Catherine encontró cuatro dedos cortados dentro de un cajón. Ese sueño mañanero en Playa del Carmen bifurcó en un cuento.

¿Se puede sostener la mirada de los monstruos que brotan con el sueño de la razón? Sí, y acaso ello sea mirar a los ojos del vacío, sentir por un segundo la inmensidad del caos cósmico y embriagarse de la propia insignificancia. Saber que este instante es desde ahora polvo de olvido, ceniza en el agua, arena, solo arena sin huella ni marca. Es el viento que soplará cuando ya no estemos, la lluvia cayendo sobre una tierra vacía de nosotros.