El Sentipensante de la Patria Grande

Por Manuel Rodríguez

Desde ésta esquina de América Latina, dónde comienza la Patria Grande, el alto oleaje de las noches del mar de Playas de Tijuana traen un aire del sur del continente que no comprendo.  Junto con la noticia de la muerte de Eduardo Galeano, me llega un aire de libertad que nace de un sentipensante que se hace presente como oxígeno puro en un rincón olvidado.

 

Desde los barrotes limítrofes con el imperio, las ideas de Galeano se pasean con grandeza por la aplastante realidad cercada por un muro fronterizo. Una barda capaz de sucumbir ante una energía suficiente para corroer el más duro de los metales.

En cada migrante mestizo que logra cruzar el bordo recobramos los ideales de libertad que no han acabado de asentarse y brotar como motores de cambio en el corazón de las nuevas generaciones de dreamers, pero que están ahí, subyacentes como venas. 

En 2002 además de haber dirigido y aprobado mi tesis de licenciatura le debo al doctor David Dávila Villers, titular por 19 años de la cátedra sobre América Latina en la carrera de Relaciones Internacionales e Historia en mi alma mater, la Universidad de las Américas en Puebla, debido a su gran vocación por difundir en mí generación las letras de Galeano, una forma diferente de concebir los signos de nuestros tiempos.

Desde entonces a muchos amigos y familiares he tenido a bien regalarles la obra emblemática de Galeano. Lamentablemente el pueblo de México ya no lee. Desde hace tiempo mi país sangra por la herida de la ignorancia y el conformismo, convirtiendo nuestra vida nacional en un burdo melodrama televisivo. 

Cuando estaba en mi juventud temprana fui expulsado varias veces del salón por hacer preguntas incómodas sobre todo en la clases de historia, pero al poco tiempo entendí que la tradición racista que impera en el mundo nos obliga a pensar que la historia oficial es la única válida. 

Dolido estoy como tú y como tantos que pensamos diferente. Pero dentro del dolor queda siempre la alegría de un autor capaz de encender desde la juventud pretensiosas ideas de grandeza, ideas que siguen vigentes, gracias al legado que nos dejó Eduardo Galeano en sus relatos, que nos unen con muchos otros compatriotas de la Patria Grande y que desde 1971  hemos tenido oportunidad de leer y releer en un ensayo como Las Venas Abiertas de América Latina.

Galeano no era un intelectual, era un sentipensante, pues tenía la capacidad de pensar sintiendo y de sentir pensando. Para Galeano no era posible divorciar el corazón de la razón. Nos heredó el derecho de soñar en libertad, a través de nuestras heridas. Sus relatos narran los hechos de los que no figuramos en la historia oficial.

Descanse en paz el escritor sentipensante, que desde Montevideo se dedicó a la titánica tarea de reconstruir la voz de los indios, los negros, las mujeres y los niños. Al final la historia de los desposeídos y los olvidados es la historia que nos es común a todos los que aquí vivimos.  

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