El primero y el último de los lectores

Por Daniel Salinas Basave

¿Para quién escribes? ¿Dónde está en este momento tu lector ideal? ¿Tienes alguna potestad sobre él? Parte del miedo que genera el ágrafo síndrome de Bartleby es la sensación de arrojar palabras al vacío, de hablarle a la nada, de escribir para nadie, pero el milagro es que aún en los tiempos de la extinción del lector puro, hasta el más frágil y endeble de los barcos de papel alcanza una playa. Ocurre a menudo con esos mensajes flotantes en botellas que navegan a la deriva en  el infinito océano de la blogósfera. Lo publicado en un blog llega a un improbable puerto y genera una reacción en alguien, a menudo impensado.

Me gusta en todo caso la afirmación hecha por Borges en el cuento Pierre Menard autor del Quijote, en donde señala que cualquier persona que lee un libro es el primer lector de ese libro. Cada lector lee su propia obra literaria y por lo tanto cada una se reconstruye de forma diferente en cada cabeza. La creación que el autor concluyó con su punto final,  puede desdoblarse y multiplicarse de mil y un formas. La letra no es materia muerta ni estuche limitante como creía Sócrates. La obra literaria revive cuando es leída y puede hacerlo de maneras contrastantes.

Lo de la reinvención y la reconstrucción de un libro en cada lector puede sonar a romántico cliché de promoción bibliófila, pero lo cierto es que el contexto, las circunstancias y (sobre todas las cosas) el lector, definen y condicionan la lectura. De la misma forma que para dimensionar en su totalidad una obra es preciso entender la época y el entorno en que fue escrita, también es cierto que la obra tiene lecturas muy diferentes dependiendo del lugar y el tiempo en que es leída y de la formación y psicología del lector.

Obvia decir que no leemos a Shakespeare con los mismos ojos con que lo leía un lector de la Inglaterra isabelina, de la misma forma que en 2015 no leemos Sumisión de Houellebecq con la mirada que lo lee al mismo tiempo un mulá de Estado Islámico.

Por eso hay libros que tienen una fecha de caducidad casi inmediata y viven una vida de mariposas que solo abren sus alas una primavera. En contraparte tenemos libros condenados a ser póstumos que solo son dimensionados con el paso del tiempo. La mayoría de las obras literarias no resisten la prueba del añejamiento pero eso depende únicamente del lector.

Una cartografía libresca debe funcionar como una escalera en espiral. Cada lectura es condicionada por los libros anteriormente leídos. Cada libro es un nuevo universo, pero la mirada y el diente del lector nunca son los mismos.

Mucho se habla de la esquizofrenia escritural, de esa dualidad que posee a los creadores literarios. Escribir es ser otro, desdoblarse, dejar fluir o brotar a una bestia interior. ¿Y acaso el lector es siempre el mismo? ¿No sufre el lector una metamorfosis? ¿Damos por hecho que le persona que lee es siempre idéntica a sí misma? Leer es viajar y quien viaja se transforma.