El paseo en barco

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Por Dianeth Pérez Arreola

Yo no soy de las madres que se emocionan planeando las fiestas de sus hijos. Yo me estreso cuando se acerca la fecha y tengo que empezar a pensar qué hacer. Mi preferencia siempre va a actividades que impliquen la presencia de un guía o monitor, así yo no tengo que preocuparme de entretenerlos.

Hemos hecho workshop de pasteles y galletas, visitas guiadas a museos, jugado boliche y mini golf. Cuando una empieza bastante tarde a querer organizar algo en este país de agendas y encuentra todo ocupado o con opciones para menor número de invitados, tiene una que ser creativa.

Se me ocurrió la idea de un paseo en barco por los canales de Leiden, que es después de Ámsterdam, la ciudad que más canales tiene; hay 28 kilómetros navegables y 88 puentes. Reservé un paseo para catorce niños.

El día de la fiesta, llegamos y las doce niñas y dos niños subieron al barco mientras yo pagaba. En la oficina pedí a quien sería nuestro conductor, que incluyera una pequeña botella de vino espumoso. Me subí al barco y dos niñas dijeron que necesitaban ir al baño. Claro, no podía faltar.

La embarcación, cuyo cupo máximo eran treinta personas, tenía paredes y techo de plexiglás, pues había estado lloviendo. El capitán llegó con mi vino y una copa, y una vez comprobado que estábamos todos, partimos.

Yo no sé si los niños de ahora se estén quedando sordos o qué, pero todos hablan a gritos y con las paredes y el techo, el ruido se multiplicaba. Después de pedirles que bajaran el volumen tres veces, decidí darles los muffins y las bebidas que había traído para que ocuparan la boca en algo.

El capitán explicó que algunos puentes eran muy bajos y que tendría que bajar la altura del techo para poder pasar por algunos de ellos. Cada que lo hacía, casi pegábamos los hombros con las rodillas y los niños más gritaban. “Debí haber comprado dos”, le dije al conductor cuando subió el techo de nuevo, señalando con la vista mi vino espumoso. Él sonrió con el gesto triste de las personas que han visto cosas peores.

“Aquí en esa casa blanca vivía el rey cuando estudiaba en la Universidad de Leiden”, dijo el capitán, quien logró la atención de los niños por un momento. “Creo que lo pasó muy bien, porque ahí junto está la sede de una organización estudiantil de mujeres”, agregó.

Los niños habían estado jugando al teléfono descompuesto, habían acabado con los muffins, cantaron la típica canción de feliz cumpleaños holandesa, le dieron sus regalos a mi hija y dedicaron solo un par de minutos en ver a su alrededor. Hasta aquí todo bien, pero luego empezaron a echarse flatulencias, para lo cual el par de autoras -sí, no eran los niños- exigían silencio antes de la acción para que se apreciara su obra en todo su esplendor sonoro. En un barco cerrado, recordemos. Yo volteé a ver al capitán pidiéndole perdón con la mirada por haber traído tal tripulación y contestó sonriendo “solo faltan quince minutos más”.

Cuando desembarcamos le di las gracias y cuando ya estábamos a un par de metros me gritó: “Ánimo”. Mi hija estuvo feliz, ha sido la fiesta más divertida y original, dice. Yo callo y sonrío.