El padre Solalinde

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Por Dianeth Pérez Arreola

El padre Alejandro Solalinde cumple hoy, 19 de marzo 74 años, por eso llevé a la plática que tuve con él el fin de semana pasado, unas galletas típicas holandesas y unos chocolates en forma de tulipanes. “Gracias -dijo emocionado-, no le voy a dar a nadie”. Su respuesta nos hizo reír a Dany, quien fue su traductora en Holanda, a su hermano Raúl y a mí.

El padre Solalinde lleva como casi siempre una camisa blanca, pantalones claros y la cruz griega de madera que siempre lo acompaña, pendiendo de una sencilla cuerda en su cuello. Sus ojos son pequeños pero expresivos. La sonrisa a flor de piel.

No solo es un renegado de los anquilosados modos de la iglesia católica mexicana, sino un feminista. “Sin las mujeres nada funciona, sin las mujeres los hombres somos unos perfectos inútiles”, dice sonriendo. Me platica la historia de Gina, una mujer mayor, que acoge en su casa a un migrante de Afganistán, en Italia. Recuerda también a Elizabeth, una religiosa de origen asiático que lo acompañó en su labor en el albergue para migrantes, así como hizo una pastora cristiana apellidada Cansino. Cuenta que de la iglesia católica mexicana no ha recibido ningún apoyo.

“Yo fui pionero en perder el miedo”, señala cuando recuerda lo que califica como el peor día de su vida; el 24 de junio de 2008. Ese día, gente incitada por el presidente municipal intentó quemar el albergue y a él mismo en dos ocasiones. “Vi cómo la gente destapaba las garrafas de gasolina, percibí su olor, vi los cerillos listos… de ésta no me escapo”, pensó.

Pero escapó. Una vez comparando a los migrantes que caminaban exhaustos y hambrientos detrás de él, con Jesús. La segunda ocasión, retando a sus detractores a que cumplieran sus amenazas. A más de una década de distancia y tras tres atentados contra su vida, aquí está el Padre Solalinde, en Holanda, para recibir un reconocimiento más -el Geuzenpenning 2019- por su labor defendiendo los derechos y las vidas de los migrantes.

El padre Solalinde declinó a ser titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos porque subraya que su labor está en otra parte. Aun así, es evidente que tiene una estrecha colaboración con el presidente Andrés Manuel López Obrador; porque él mismo lo dice y por su manera de hablar en plural cuando platicamos de planes y decisiones de gobierno.

Habla con demasiada confianza del pronto enjuiciamiento de Enrique Peña Nieto, y menciona las palabras “crímenes de lesa humanidad” y “La Haya”.  Pero las condiciones de la Corte Penal Internacional para aceptar un caso son estrictas y una vez aceptado, el caso tarda años. “Padre, le tengo malas noticias sobre La Haya”, le digo. Pero mis explicaciones no reducen su entusiasmo.

Me he tomado más tiempo del que me habían otorgado, así que me despido, no sin antes pedirle una foto con él, que no todos los días tiene una la oportunidad de conocer y platicar con un personaje así. Es un privilegio poder conocer a activistas como el padre Solalinde, Cristina Auerbach, Graciela Pérez y Lucía Díaz, y ayudar a comunicar su mensaje. Va esta columna en homenaje al periodista Santiago Barroso, quien fue asesinado en San Luis Río Colorado el fin de semana pasado. Tus colegas seremos tu voz para pedir justicia.