El monstruo que soñaba con tener cabellera 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Era el mito de las noches, acecho de las mañanas, escondites de todos los malos. Se le veía correr entre el espacio de la banqueta y la calle, se sabía de su presencia por ese aroma entre humedad y muerte. Viejo enemigo de la vida, traga nombres y rostros, que se nutre de la indiferencia, esa que cosecha en las afueras de cada restaurante de esquina como tapete que da la bienvenida, que se añeja entre oficinas de gobierno con pláticas amenas y mentiras activas. Él no es vecino de nadie, no habita casas, únicamente las pesadillas, las notas rojas de los periódicos, el pensamiento constante de la joven que va ágilmente doblando por la esquina.

Él no sabe de juegos, le abruma el tumulto, la luz temprana, la sinceridad y la sonrisa. Arrastra los pensamientos y los aniquila, amante del silencio, ahoga gritos, cómplice de la muerte, cómplice del dolor, cómplice de todos aquellos que ante el escenario expuesto se niegan a ver, cómplice del que alzó el arma, cómplice del que la hirió, cómplice del que la abusa, cómplice del que lo tapa, cómplice de aquel que jura que aquí no está pasando nada.

Él es la sombra del que lleva, del que arrebata, del que ultraja, del que desfigura, del que mata lo que alguna vez tuvo sueños, del que deja vidas incompletas y preguntas inconclusas, caminos embrujados.

Monstruo de la noche, monstruo de mis calles, monstruo de las horas solas, monstruo de los momentos sin testigos, monstruo del horror, monstruo de los misterios, vuelve a tu lugar debajo de una cama, dentro de un cuento, regrésate al mito, vuélvete lejos, desaparece al despertar, regrésate a los sueños, ten miedo de los rezos, vuélvete supersticioso y ten miedo a los amuletos a los gatos negros, a la oración constante, a la virtud de los buenos corazones, al perdón sede y al que implora escucha, al que llora libera.

Tú que las vas catalogando, filtrando, detectando, con trampas regadas en tus pasos; quedaras solo en tu vida y solo en tu muerte, que el monstruo que llevas dentro eternamente te atormente, cuando respires, cuando andes y cada espacio entre ello, en esta vida y la que sigue, en esta muerte y la que te continúa; que el hedor de tus actos te reviente, te carcoma, leproso que en todas partes sea consciente de su reflejo. Monstruo vil, monstruo perverso, que la vida te deje sin huellas, sin rastro, en un agujero, latiendo, contando cada segundo eternamente con los dedos.