El dictador, los demonios y otras crónicas

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Por Daniel Salinas Basave

¿Cómo desnudar el alma de un dictador? ¿Cómo mirar profundo a los ojos de la Esfinge sin convertirse en arena? En un mercado editorial atiborrado por “reveladores” libros cocinados en microondas, el periodismo narrativo de perfiles y la crónica sabrosa son animales atípicos, aves raras en un ecosistema donde la obsesión es contar lo inverosímil, lo escandaloso, aunque tantas veces tenga cara de rumor. ¿Cómo evitar caer en los odiosos lugares comunes?

El colega periodista Jon Lee Anderson parece tener la respuesta: “Si algo se vuelve cotidiano, nos olvidamos de los detalles. El cronista depende de su capacidad de asombro; su peor adversario es la rutina, lo que da por sentado. El testigo eficaz ve los sucesos como si ocurrieran por primera vez”.

El elemento común que une a todas estas piezas de periodismo narrativo, es que todas tienen que ver con personajes, principalmente hombres de poder, de Latinoamérica y España. Aquí encontramos a Fidel Castro, Hugo Chávez y Pinochet, pero también a Fernandinho, el temible capo de la favela Morro do Dende en Río de Janeiro. Encontramos a Gabriel García Márquez, pero créanme, es un retrato bastante atípico y sui generis del Nobel colombiano. Aquí el de Arequipa no es el simpático narrador campechano de la guayabera, sino el hombre obsesionado por la cercanía con el poderoso. También el retrato de Augusto Pinochet puede llegar a resultar sorprendente y aun chocante para los millones de detractores del militar chileno. ¿Significa que Jon Lee Anderson es un apologista de Pinochet y un detractor de García Márquez? Nada más alejado de la realidad. Aquí no se trata de condenar ni defender, sino desnudar.

El colega no cede al vicio de transformarse en juez, tan común en algunos reporteros, y en lugar de repartir sentencias condenatorias o absolutorias, se transforma en una suerte de psicoanalista. Humanizar al personaje no significa defenderlo o justificarlo. Aquí está el hombre y sus circunstancias de Ortega y Gasset. En este buceo a las profundidades ontológicas del poderoso nos damos cuenta lo contradictorio que puede llegar a ser un humano.

Pinochet, el sanguinario golpista de derecha respaldado por la CIA, se confiesa como un “aspirante a dictador” y admite ser admirador de Mao y aun de Fidel Castro, su aparente némesis. Fernandinho, el sicario líder de la favela, se revela como un fanático evangelista sin que ello signifique que deje de matar o traficar cocaína. Hugo Chávez se revela como el hábil conductor de un “talk show” político al elegir un programa de tele en vivo para ordenar la movilización de tanques de guerra a la frontera con Colombia. En sus páginas encontramos también la sepultura de Federico García Lorca en Granada, cuya exhumación se transforma en bandera de miles de antifascistas que apenas han leído al poeta, mientras sus descendientes sólo piden dejar a un lado la cacareada memoria histórica y dejarlo dormir en paz.

Jon Lee Anderson es crítico, contradice versiones oficialistas y se aleja de los lugares comunes, pero tiene un pequeño defecto: Nunca deja de ser norteamericano. Con toda su capacidad crítica a cuestas, la suya sigue siendo una visión estadounidense. Vaya, es una cuestión de enfoques, de sexto sentido pero uno puede distinguir que este libro no lo escribió un español o un latinoamericano. Cierto, no es un norteamericano promedio, pero queda claro que el libro fue escrito pensando en un lector de Estados Unidos; el lector pensante del New Yorker, es cierto, pero que no deja de tener una visión del mundo hispánico como si de una suerte de Macondo se tratara. Cuestión de  percepción que para nada desmerece la calidad de cada uno de los textos.