El circo

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Por Dianeth Pérez Arreola

A mi mamá no le gustan los circos. Dice que le dan tristeza las chicas que ahí trabajan porque siempre traen las medias rotas. Cuando era niña solo recuerdo haber ido al circo a ver a Ronnie y Donnie, los famosos siameses americanos, y eso más por el interés de mi papá que por el entusiasmo de mi hermano y mío.

Un pequeño circo holandés, el Magic Circus, se instaló por cinco días en mi ciudad. Como aun no terminaban las vacaciones de las niñas, decidí llevarlas. La carpa es pequeña pero colorida y en muy buen estado. Nos recibieron unos muchachos vestidos como maestros de ceremonias, con el clásico saco rojo con ornamentos dorados y pantalón negro; solo faltaba el sombrero de copa.

Había dos filas de sillas de plástico rodeando la pista, y tres gradas de madera tras la zona de las sillas. El espectáculo empezó con unos cien asistentes, más o menos la mitad de su capacidad. El verdadero maestro de ceremonias no tenía el típico traje circense, sino un sencillo traje azul.

El payaso hizo su actuación ayudado por una chica que tenía un pequeño agujero en sus medias de red, y yo me acordé de mi mamá, de por qué los circos que le daban tristeza y de Ronnie y Donnie.

El payaso terminó su acto como payaso, para después desmaquillarse y cambiarse frente a todos para ser presentado por su nombre real y seguir ahora como mago-malabarista.

La chica de las medias rotas y otra chica eran acróbatas, y un muchacho cuyo cuerpo parecía de goma tenía a su cargo el acto estelar. Como parte de las actuaciones había una señora rubia vestida como en el programa de la Familia Ingalls -La casita de la pradera, se llamaba en español-, que hacía hacer gracias a varias palomas.

Luego vino el intermedio, y los padres nos dirigimos afuera a comprar dulces y quienes atendían eran el maestro de ceremonias y la señora de las palomas. Ha de ser una empresa difícil sobrevivir con un circo itinerante de seis artistas y cuatro ayudantes.

Hace cuatro años el circo más antiguo de Holanda se declaró en bancarrota poniendo punto final a 115 años de historia. Renz fue en un tiempo el circo más grande de Holanda y Bélgica. Como dato curioso, Diana Luycx, una mexicana nacida en Nogales en 1966, dirigió junto a su marido Herman Renz, el Circo Nacional Holandés Herman Renz Junior hasta 1996, cuando encontraron muerta a la pareja, intoxicada por accidente con monóxido de carbono adentro de su caravana.

El circo a esta escala tan pequeña como el Magic Circus, tiene algo de nostalgia, de rebeldía. No lucha contra un formato novedoso que lo deja obsoleto, porque el circo no tiene un sustituto; la risa que el payaso provoca en los niños, la respiración contenida del público frente a los acróbatas: no hay pantalla que supere un acto en vivo, sin edición ni efectos especiales.

Entiendo que los circos en México se han transformado y que los espectáculos parecen ahora más dirigidos a los adultos que a toda la familia, por eso resulta interesante ver el titánico esfuerzo del pequeño circo holandés por sobrevivir y por ser fiel a los tradicionales actos circenses.