El Agua de la Presa

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Por Daniel Salinas Basave

Una ciudad se reconstruye y se reinventa  cuando se transforma en personaje de novela. Territorios – reales o imaginarios-  han hecho pacto con la inmortalidad cuando un buen narrador da rienda suelta a su pluma y convierte a la urbe en marco y protagonista. El Agua de la Presa de Tomás Perrín es una novela con tres personajes principales: El Tío David, Chobino y Tijuana. El rol de  la ciudad, en este caso, va mucho más allá de simple locación para el desarrollo de una historia.

 

De hecho, aunque se desarrolla una trama, El Agua de la Presa  tiene una inocultable vibra ensayística y por momentos se transforma en una aguda disertación en torno a la esencia del tijuanense. Vaya, la pluma de Tomás tiene una vocación exploradora de las profundidades ontológicas del habitante de esta frontera.

Sí, ahí están sus calles y sus barrios, pero está, sobre todo, su espíritu, su vena. Tomás Perrín no se anda con rodeos ni medias tintas y desde el subtítulo presenta a su obra como una “salvaje declaración de amor por Tijuana”. Lo que debemos agradecer a Tomás, aparte de su brutal honestidad, es lo sui generis de su obra. Las definiciones que de Tijuana hace el Tío David derrochan malicia y filosofía callejera.

El Agua de la Presa rompe de tajo con la horda de clichés y absurdos lugares comunes que caracterizan a las novelas que se desarrollan en las calles tijuanenses. Lejos, muy lejos está la novela de Perrín de las dosis de mojigata moralina que caracterizaron a las primeras novelas escritas sobre Tijuana.

Muy lejos está también, por fortuna, del aburridísimo cliché  de sicarios y prostitutas de la narconovela. Perrín en cambio, apostó por  encarnar en un personaje el camino de vida que han seguido decenas de miles de habitantes de esta ciudad,  prófugos o autoexiliados de otras tierras en busca de un destino que casi siempre encuentran en esta tierra.

El Tío David es columna vertebral y corazón de la historia. Sus altas dosis de humanidad hacen de él un personaje fuertísimo. Pasional, contradictorio, errático, bohemio e incurablemente enamorado de Tijuana.

El Tío David es la encarnación del espíritu tijuanense, el autoexiliado que se embriaga del  “Agua de la Presa”. La novela de Tomás llena un vacío histórico sobre una época de la ciudad que nunca se había visto reflejada en una obra literaria. Nadie había reflejado la Tijuana de la era de las devaluaciones echeverristas y lópezportillistas ni le había dado su lugar a temas fundamentales como el haber sido capital mundial del perfume antes que del televisor.

Puede leerse como una educación sentimental, un ritual de iniciación de un adolescente guiado de la mano por un viejo zorro que  sus treinta parece haberle dado varias vueltas a la vida. No puedo imaginar un mejor título para esta novela que El Agua de la Presa, ese dulce y mágico elixir que ha embriagado a quienes lo hemos bebido.

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