Educación misericordiosa

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Por Maru Lozano Carbonell

Lástima es sentir compasión y enternecimiento exagerados por alguien. Llámese hijo, pareja, compañero de trabajo, etcétera, sentir esto por una persona hace que cambie totalmente nuestra actitud. Imaginemos a un niño que pierde a sus papás, entonces la abuelita lo educa bajo la ternura de lo sucedido y evita poner límites y reglas claras porque da pena y se piensa que “ya ha perdido mucho ese ser”. ¿Cuál sería entonces el resultado? Quizá un adolescente inseguro y desorientado.

A cualquier persona le gusta sentir la firmeza de una buena educación; cuando un hijo no está obligado a seguir un patrón, entonces busca en gente de su misma edad un grupo en donde se sienta aceptado, aunque lo que se practique ahí no le agrade, pero seguiría las “reglas del club” porque no tiene otra opción en su base familiar que lo catapulte de otra manera.

La compasión es desear que el otro esté lejos del sufrimiento, y sentir el dolor ajeno nos quita visión para enfrentar la realidad tal cual es. Es muy bueno ser empáticos para entender y auxiliar mas no para entorpecer el camino del otro pretendiendo quitarle piedritas, obstáculos y demás experiencias que lejos de todo, nos deberían obligar a “guiar y acompañar”. Seríamos responsables si “respondemos” positiva y asertivamente, y esto nos conduce a llorar después y accionar ahora.

La alegría del que supuestamente “sufre” debe estar presente, y un niño con una educación clara, lo ayuda a expandirse. Sería muy conveniente que el hijo que encara una separación, una pérdida, una enfermedad, una desdicha o cualquier experiencia por el estilo, tuviera un espacio para la expresión. Pudiéramos meterlo a clases de guitarra, piano, pintura, baile o algo así que inspire y desahogue sus sentimientos. Las clases de deporte o de academia como el futbol o inglés, ayudan poco a la expresión y favorecen el coraje, la presión y la rebeldía. Es poco conveniente prometer que el ausente regresará, que el enfermo sanará o que las condiciones mejorarán. A un hijo que enfrenta la situación peculiar, se le debería hablar con la verdad. Si es niño, a modo de cuento o historia y, si es adolescente, con la verdad narrando los hechos sin calificativos ni aspavientos. Ellos son sabios y saben sanar y ajustarse a su nueva forma con el favor del tiempo, así que la paciencia es vital.

Sí que es bueno reconocer el dolor y aceptar que en ocasiones se llorará, permíteselo y abrázalo, poniéndole en la mesa a las personas con las que cuenta resaltando la unión que existe en ese momento. Cuando nos excedemos en bondad, al rato nos sentiremos desgastados y cansados, así que los “gritos” podrían aparecer, eso es estar presionados y ¿sabes? se vale sentir y decirlo, por ejemplo: “Estos momentos son nuevos para todos, así que enfrentémoslos juntos y demos tiempo al tiempo…”.

Imagínate que nuestro planeta tuviera un quebranto en la capa que nos protege, ¡nos desorbitaríamos!, flotaríamos a lo loco y no podríamos establecernos, ¿verdad? Igualmente pasa en la casa si dejamos huecos por donde se nos pueda ir sin control ese hijo que quisiéramos tuviera un límite que lo protegiera. El campo seguro siempre será el hogar, no importa quiénes compongan éste.