Dualidades e infiernos individuales

Por Daniel Salinas Basave

El infierno es individual. Es un sitio privadísimo diseñado a la medida de cada quien. No concibo la idea del infierno como un enorme colectivo en donde las masas comparten su condena. El infierno, acorde con la ola privatizadora, ha dejado de ser un sitio público. Ahora cada quien tiene su infierno de la misma forma que tiene su afore, su Curp y sus pesadillas. El hombre moderno está condenado a chapotear en infiernos particulares imposibles de compartir.

Siempre me han seducido las dualidades, esas encarnaciones de dios y demonio, el drama de Jekyll y Hide. Después de todo, el Abraxas de Hesse tiene la paternidad de mi ateísmo. Un libro, en apariencia tan de espíritu adolescente, destapó mi lado oscuro. Recuerdo el verano de 1986, después del Mundial, en la Isla del Padre, a donde viajamos mi padrino José Manuel y yo. Mi lectura de viaje fue el Demian de Hesse. Mi madre me lo había regalado días antes (si mal no recuerdo me lo compró en Soriana San Pedro). Recuerdo el rostro que le puse a Fanz Krommer, recuerdo el rostro que le dibujé a Demian y a su enigmática madre (no recuerdo el de Sinclair). Finalmente llegué al momento de la revelación: El dios se llama Abraxas. Yo tenía 12 años. Desde entonces el concepto de la dualidad ha vivido en mí. Desde mi adolescencia no he vuelto a aficionarme a Hesse, pero lo reconozco y lo reconoceré siempre como uno de los formadores de mi pensamiento.

Ahora Ficino ha revivido en mí el dilema de la dualidad. Su obra ensayística, escrita en el Siglo XV, habla de esa a veces imperceptible frontera que separa la imaginación sublime de la imaginación perversa. Los dos cuerpos de Venus, el etéreo y el carnal. Reproduzco algunos párrafos textuales: “¿En qué momento Eros se desdobla? ¿En qué condiciones precisas se desfigura y se transforma? Su desfiguración ¿no es acaso condición indispensable de su ser más profundo? ¿Qué Eros no es al mismo tiempo espiritual y carnal, sublime y perverso, divino y demoníaco- sí, el Demonio, el Daemon platónico- no es más que el legítimo intermediario entre Dios y los hombres? Entre la elevación de las cosas divinas y la degeneración bestial está el hombre libre, lúcido y consciente, un hombre de carne y hueso”– Dilemas existenciales de Marsilio Ficino (1433-1499)

La carnalidad sublime definió el ideal del Renacimiento. Pero… ¿cuándo llega el momento en que esa carne celestial abandona el reino de lo divino para entrar al de lo obsceno? Ahí tenemos, frente a nosotros, al mismísimo Mesías pornográfico. En su ensayo “Con el diablo en el cuerpo” hace notar Esther Cohen que en algunas obras de prestigiados pintores del periodo renacentista, Cristo muestra su desnudez sin ambages de ninguna especie: su miembro cubierto aparece, en algunos casos, explícitamente erecto o, como la Crucifixión de Lucas Cranach (1503) emulado como el ondear majestuoso de los paños que cubren sus genitales. La edición de “Con el diablo en el cuerpo” (editorial Taurus) incluye una reproducción de esta pintura renacentista y efectivamente, basta mirar este cuadro con un poco de imaginación para descubrir que el paño de Cristo en el viento, tiene la forma de un gigantesco falo.