Don Alfonso cumple años

Por Daniel Salinas Basave

Fue en la primavera de 1999 cuando visité por vez primera la librería El Día de don Alfonso López. Yo era un reportero recién llegado a Tijuana y lo primero que le pregunté a mi editora Eva Solís fue que me indicara dónde estaba la librería en esta ciudad desconocida.

Para mi buena fortuna, el oasis libresco estaba muy cerca de nuestro lugar de trabajo, la corresponsalía de La Crónica en la calle Diego Rivera, cuando Frontera era todavía un proyecto de nuevo diario sin nombre. El Día estaba a unas cuadras de ahí y se transformó desde entonces en mi refugio y puerta de escape.

En el jardín de la memoria suelen crecer plantas chapuceras, pero creo recordar que los dos primeros libros que compré en El Día fueron El corazón de las tinieblas de Conrad y La fiesta del Chivo de Vargas Llosa, recién salido  del horno. Desde entonces me transformé en una suerte de parroquiano de El Día, en donde solía y suelo naufragar como borracho en cantina. Creo que tres cuartas partes de los libros que han entrado en mi biblioteca en los últimos 17 años provienen de la librería de don Alfonso.

Como lector me siento en deuda con este gran librero. Esta semana celebramos entre amigos los 80 años de don Alfonso. Fue una celebración donde el más sorprendido fue el fundador de la Feria del Libro, que no esperaba la repentina irrupción de su nieto con un pastel recién preparado por su hija Amapola.

Fue el 15 de mayo de 1936 cuando nació don Alfonso en Hospitalet de Llobregat en plena guerra civil y fue en la primavera de 1963 cuando nace en Tijuana la librería El Día, fundada por el padre de don Alfonso.

Con el nacimiento del El Día los tijuanenses descubren que una tienda de libros y una librería nunca serán lo mismo. Una librería, hay que entenderlo, no es un medio sino un fin en sí mismo. No es el sitio donde uno acude a cumplir el trámite de comprar un libro, sino un oasis en el desierto del tedio urbano donde la tarde puede diluirse mientras uno espera ser sorprendido por el más improbable ejemplar. Tijuana debe mucho a su librero.

Mi vida como lector no podría explicarse sin el oasis de letras que contra viento y marea mantiene don Alfonso. Me da gusto ver a su pequeño nieto ayudando a cargar y empacar libros en la feria.

Cierto, la librería sobrevive peleando a brazo partido contra la adversidad. Desgraciadamente esa es la historia de no pocas ciudades en el mundo en donde los recintos librescos han ido poco a poco extinguiéndose.

Lo que nunca van a entender las mentes utilitarias, es que una librería como El Día no es una simple tienda para ir a satisfacer una necesidad. Visitarla es emprender un pequeño gran viaje a otros mundos alejados de la rutina y el tedio urbano, darse la oportunidad de echar a la volar la cabeza y -al menos por unos minutos- volverse loco como Alonso Quijano.

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